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Sueños de la casa Azul
Mi nombre es Pedro, el Ciego, y soy el fabulador de ‘la casa Azul’. Son las ocho y diez de la tarde, a estas horas me gusta descansar en el claustro de la casa Azul. El mes de abril agoniza y sus atardeceres, con el cambio de hora, se hacen interminables y adorables. En este lugar del patio, sublimado, por el cántico de los pájaros, y mecido, por un sol que se adormila y albergado, por la silla apoyada sobre la antigua balaustrada del claustro y amparado, por el atardecer primaveral, una paz aterciopelada me invade cada tarde que escapo del mesón y logro en esta armonía departir con mi soledad.
Quilia, la Inca, la
cocinera de la casa, ya ha venido al pozo del claustro, lanzó su cubeta al
fondo e izó un pulpo gallego, dos congrios hermosos y varios rapes enormes del
Cantábrico para preparar un sustancioso guiso marinero de papas. La obsequié
con un guiño. Es mi intención, desde hace años, el camelármela, pero nunca me
escucha. La culpa la tiene el Narrador de Nando, ese maldito energúmeno, que la
tiene enamorada. María, la Perla, la gobernanta de la casa, me otorga
todo el tiempo que puede, pero irremediablemente llega un momento en que el
público del mesón me reclama y debo acudir a entretenerlo.
La gente me aclama cuando llego. Me ayudo de mi humilde cayado de cedro y sin prisas, debido a mi ceguera tan oscura como la noche cerrada, buscó mi lugar en el mesón. No bien me acomodo en la vieja silla de aneas, me increpan para que les cuente una de mis historias. Coloco el cayado sobre la pared, y levanto una de mis manos, y comienzo mi soliloquio:
No sé si sabrán, amigos, la historia de Eloísa, apodada en el pueblo la Sinhuesos que vivió entre nosotros hasta hace pocos años en que emigró a otra ciudad de nuestra España. De ningún modo, ella quiere que se sepa que fue trasladada a una residencia. No tenía hijos, ni familiares en el pueblo que la cuidasen por eso aguarda allí al hada del destino.
Eloísa no es natural de Nando. Se crio
en una pequeña población salmantina, cuyo nombre he olvidado. Vivió una
infancia feliz, con una madre atenta a sus necesidades afectivas y un padre,
carpintero por más señas, que atendía sus necesidades físicas. Al hacerse mayor
de edad, se marchó a Salamanca a estudiar la carrera de Medicina. Cursó hasta el
segundo año, el tercero no lo terminó debido a un accidente de circulación. La
culpa, un conductor ebrio que conducía por mitad de la ciudad como un
descerebrado. Se llevó por delante a la pobre Eloísa que surcó los cielos como
un muñeco de trapo. Muchos huesos de su cuerpo se fracturaron y algún que otro
órgano se le encontró seriamente maltratado. Estuvo en coma semanas y cuando
todos creían que se moría, despertó de su letargo y comenzó una asombrosa
recuperación que le trajo mucho sufrimiento y meses de convalecencia. Quedó
mejor de lo que los médicos esperaban, pero invalidada para ejercer cualquier
trabajo. Medio la jubilaron, a sus veintitrés años, con una cuantía mísera que
apenas le llegaba para pagar el alquiler y un bocadillo al día. Sus padres le
rogaron que volviese al pueblo donde les sería más fácil cuidarla. Era lo
lógico y estaba dispuesta para su regreso cuando conoció a Yalitza. Su padre la
costeó en aquellos primeros años, mientras seguía las recomendaciones de su
maestra de yoga, que tanto bien le hacía, para aquietar sus dolores musculares
y articulares.
Yalitza era natural de la isla de Sri Lanka. Durante diez años, enseñó a la joven Eloísa no solo los asanas que purificaban su cuerpo, sino la filosofía que guarda este milenario saber.
En un principio, la maestra exigía poco
a la alumna. La muchacha estaba dañada y era necesaria la paciencia. Cuando
Yalitza comenzó a presionar a su joven discípula, Eloísa se quejó. Apareció una
frase en su vocabulario: “No puedo…”, que muy pronto la maestra cortó
de raíz.
– Esas palabras destiérralas de tu
mente –le dijo, la maestra, severa–. Siéntela como un gusano que te carcomerá
por dentro hasta mermar tu voluntad y lastimar tu espíritu. Escúchame, bien,
niña: ‘Uno puede lo que quiere y uno es lo que desea ser’. No lo
olvides nunca y jamás vuelvas a pronunciar esas dos palabras en mi presencia.
El comentario mordaz de su maestra dejó a
Eloísa conmocionada, y durante días reflexionó sobre sus palabras. Comprendió
que el sufrimiento está unido a la superación y luchó, a veces, con lágrimas en
los ojos, para batir sus debilidades físicas y, sobre todo, sus fragilidades
mentales.
Ya muerta su maestra e iniciado su magisterio yóguico en Salamanca, donde daba clases en una institución privada, apareció el amor. En sus clases de yoga, conoció a Lórian, un profesor de Filosofía de la universidad de la Sorbona, que estaba en la ciudad, ese año, a través del programa Erasmus. Cautivó a la salmantina en pocas semanas y fruto de aquella amistad nació un amor que llevó a Eloísa a París. Fue un idilio ardiente y pleno que duró un año escaso. La abandonó de modo cruel, sin prevenirla y sin posibilidad de reconciliación. Si permaneció en París, fue porque conoció a una mujer singular.
Eloísa acudía todos los días a un Centro Ciudadano cercano a la Plaza de la Bastilla, donde vivía. Al atardecer, cuando terminaba sus clases, gustaba pasearse por los alrededores del Puerto del Arsenal, donde el Sena discurría entre pequeñas embarcaciones de recreo. En aquellos interminables paseos conoció a una mujer que ejercía la prostitución en el puerto. Su nombre era Ivette y cada atardecer exhibía su piel morena, que se azulaba bajo la luz de la luna, junto al Sena. Era una africana de tacto suave y voz melancólica que, con su tierno carácter, tan afín al suyo, la conquistó. Muy pronto compartieron piso y dicha por haberse encontrado en la vida. Más que afecto, compartían una afinidad espiritual. Eran dos almas gemelas en un mundo desgarrador. En esencia,
Eloísa enmascaraba un alma devastada por un amor traicionado e Ivette, encubría a un salvaje que la maltrataba por placer. Los golpes, dados con saña por su chulo, no se traducían en moratones. No, había que mantener en estado óptimo la mercancía con la que comerciaba. Las marcas se grababan bajo su piel que es donde el dolor corroía y marchitaba su esencia más íntima. Ambas se consolaban de sus tormentos y se apoyaban en un silencio tan profundo como las aguas turbias del Sena. La situación entre Ivette y su chulo se había vuelto insostenible, aquella maldita sanguijuela le devoraba el alma. Ella sabía que debía huir si quería conservar la vida, cuando conoció a un hombre que se hacía llamar el Narrador de Nando y que le ofreció un trabajo de doncella en una pensión en su pueblo llamado Nando. Nada le dijo a Eloísa sobre este hombre que, de repente, había aparecido en su vida. En realidad, no le dio tiempo, su amiga había recibido la terrible noticia de la muerte de su madre, y partió para España. Se encontró con el entierro de su madre y con un padre enfermo de cáncer al que los médicos le habían pronosticado tres meses de supervivencia. Su padre la necesitaba y se quedó con él hasta que falleció.
No regresó a París hasta cuatro meses después. Para entonces, su amiga había desaparecido, el chulo que la acosaba se hallaba en paradero desconocido y nadie del vecindario sabía gran cosa de lo ocurrido, salvo suposiciones que en nada le ayudaban para dar con el paradero de su amiga. Solo Camille, otra prostituta amiga de Ivette, le ofreció una información fidedigna de lo que pudo haber sucedido. Según Camille, su amiga había huido de Francia en compañía de un hombre y se encontraba en Jaén, España. En un pueblo llamado Nando.
Eloísa no lo dudó. Tomó un avión con destino a Sevilla y de allí a Jaén. En la estación de autobuses de la capital buscó billete para Nando, pero no encontró ninguna línea que le llevase a dicha población. De hecho, ese pueblo no estaba en ninguna ruta disponible. No se arredró y fue a la parada de taxis. Solicitó al primero de ellos que la llevase a Nando. El taxista se extrañó, no conocía ningún barrio y menos calle de Jaén con ese nombre. Eloísa lo sacó de su error: era una población situada a unos cuarenta minutos de Jaén. El taxista se rascó la nuca, no existía ninguna población con ese nombre en la provincia. La serenidad de Eloísa la mantuvo imperturbable. Avanzó entre la fila de taxis hasta que uno de los conductores le indicó que solo el Tomasito podía llevarla a su destino. Según él, una tatarabuela suya era de aquel lugar. Llamaron al taxista y este se prestó a llevarla.
Nada más bajarse del taxi, ya en Nando, Eloísa sintió las corrientes telúricas que fluían bajo su subsuelo. Las pequeñas descargas eléctricas dejaron a la maestra de yoga encogida por unos momentos. Hasta el taxista se asustó de la expresión de sorpresa de su clienta. Veloz, se recompuso y pago al taxista el viaje. Tomasito le indicó que si seguía el pequeño callejón, que nacía a su derecha, llegaría al monasterio de San Juan, ahora reconvertido en el mejor hostal de Nando. Eloísa agradeció la amabilidad del hombre y se dispuso a seguir el consejo.
Llegaba al monasterio, llamado ‘la casa Azul’ a las siete y catorce minutos. Se presentó a Ana, la Perla y le solicitó una habitación para pasar la noche.
– ¿Conoce usted a una muchacha francesa de color que se hace llamar Ivette? –preguntó Eloísa con cierta incertidumbre, temía la respuesta.
– En Nando, solo hay una mujer de color con ese nombre y se encuentra en esta casa –respondió con una sonrisa en los labios la gobernanta del lugar.
Eloísa se congratuló de estar en el mismo lugar en que vivía Ivette. Esta bajó las escaleras de tres en tres al saber que su amiga la esperaba en el claustro. Al verla se lanzó a sus brazos. La sonrisa se congeló en el rostro de Eloísa. Sí, aquella era su amiga y, a la vez, no. Entendió al instante lo que había ocurrido en París mientras ella estuvo ausente. Dio un paso atrás, ¡cómo podía ser! Entonces supo, por primera vez, qué era la casa Azul; y quiénes, los habitantes que la regentaban. Aquella no era su Ivette. Escondió sus sentimientos y su verdad para no dañar a su amiga que en aquellos momentos era muy feliz. Ivette la ubicó en la habitación pintada del color luna, que estaba al lado de la suya, la habitación pintada del color felicidad.
Dos días después, Eloísa se despidió de su amiga. Se encaminó hacia la plaza mayor. Allí le habían dicho que había un taxista que la llevaría a donde quisiera. Caminaba despacio observando la belleza que emanaba de Nando y sintiendo en su cuerpo aquella extraña corriente telúrica que todo lo impregnaba, cuando alguien le chisto. Se volvió y descubrió a una anciana tras una ventana enrejada. Nada más verla supo que aquella anciana se hallaba bajo el mismo influjo que su amiga. ¡Que otras maravillas escondía aquella inusual población!
– Debes ir niña, –le dijo una mujer mayor que pasaba, en ese instante, a su lado–, María, la Sibila, quiere hablar contigo.
En cuanto Eloísa alcanzó la reja, María, le dijo: Ya has llegado. Llevo días esperándote. Debes conocer algunas cosas antes de que te instales en Nando.
– Yo no me voy a quedar en este pueblo. De hecho, busco al taxista para que me lleve a Jaén –anunció resoluta Eloísa.
– No, muchacha, saldrás de Nando en edad muy avanzada y porque no eres del pueblo. No morirás antes de que tus huesos sean centenarios. ¡Escúchame y no me interrumpas! Ya has sentido en tus venas, la energía que recorre el subsuelo de esta tierra. Has de saber que se te ha concedido un don: a partir de ahora podrás dejar en casa dos huesos cualesquiera de tu cuerpo cada día, sin que este se resienta, así realizarás tus asanas con la máxima flexibilidad y rigor, ante tus alumnas. Si te analizas ese dolor afilado y constante, que tienes desde el accidente, desapareció desde que estás en Nando. Así continuarás mientras este lugar te acoja. Yo te auguro que tu sitio está aquí. Darás clases en el Centro Cívico y tu vida será solitaria, sentimentalmente, me refiero, pero feliz. Tu don tiene un secreto y es que jamás debes revelarlo ni mencionarlo a nadie, ni siquiera a tu amiga Ivette y deberás recolocar tus huesos a su lugar nada más terminar las clases del día. Por último, has de saber que gobernarás el centro Cívico. Es un edificio con una gran singularidad. El arquitecto que lo construyó no hizo caso, a los viejos del lugar, y lo edificó en un terreno inestable del pueblo. Como consecuencia el inmueble, a veces tiembla y se alarga a su gusto o se acorta a su criterio. Lo mismo agranda que mengua, pero esto parece que es debido a la humedad del ambiente. Y, ahora, ve al ayuntamiento donde te espera don Francisco, el Trípode.
– ¡Aquí todo el mundo tiene mote! –Exclamó sorprendida Eloísa.
– Pues sí, muchacha. A don Francisco, según sus amigos y algunas amigas íntimas, su miembro viril casi le hace de tercera pierna.
– ¡Qué barbaridad! En este pueblo todo impresiona.
– Ya te acostumbrarás. Encamínate, Eloísa, la Sinhuesos.
– ¿Cómo? –Se volvió Eloísa, que ya se marchaba hacia el Ayuntamiento, al oír por primera vez su sobrenombre.
– Así te apodarán, querida, por tu enorme flexibilidad. Ahora busca al alcalde.
El alcalde le cedió la casa adosada al Centro Cívico para que se alojase en ella. Según le había mandado María, la Sibila, que hiciese. Según ella, las meditaciones de Eloísa sosegarían al edificio, lo harían más estable y se ajustaría al capricho de su inquilina, que lo regiría con buen criterio y prudencia.
Como le auguró la Sibila, la muchacha se quedó a vivir en Nando. Daba dos clases durante la mañana y dos por la tarde. Las de la tarde eran de relajación y de meditación que calmaron las angustias de muchas nandinas.
Eloísa hizo mucho bien a los habitantes de Nando. Serenó la angustia de muchas mujeres del pueblo y con ello ayudó, de modo indirecto, ya que pocos hombres acudían a sus clases, a la estabilidad emocional de los hombres. El saber milenario que le trasmitiese su maestra años atrás, ahora le servía para moderar la incertidumbre de muchas de sus vecinas, amigas y alumnas. Les expondré un pequeño ejemplo de la eficacia que exhibía la maestra de yoga de Nando:
Un día, llegaron varias mujeres quejándose de la desgracia de ser mujer en un mundo cruel para ellas.
Eloísa les sonrió. La tarde era primaveral y la grata luz aquietaba el habitáculo donde relajaban. Les hablo así:
Amigas mías, os hablaré de Pyari, una campesina del Valle del Indo allá por el 2.350 a. C. Era una mujer viuda y buena, preocupada de su escasa huerta y de poder alimentar a sus dos hijas. Todas las mañanas, caminaba por un sendero angosto enardecido de bellas plantas de flores vistosas. Salvo un pequeño muro de unos cinco metros de longitud por un metro sesenta de alto que albergaba algunas flores esqueléticas y deprimidas. Intuyó nuestra viuda que las flores de la cerca estaban desvalidas, la tierra de la que brotaban sería pobre y las raíces encontraban pocos nutrientes para su sustento y aún más dificultad para toparse con el agua.
Todas las tardes llenaba su odre de agua del río antes de desandar el camino hasta su casa. Al pasar junto a ellas, les cantaba y esparcía el contenido del recipiente sobre el muro. Al frescor del agua, las plantas se reprodujeron sin cesar y pronto todo el muro fue un ensortijado de hojas y flores que se mecían y susurraban al paso de las gentes del lugar. Pyari murió. Las flores, al no sentir su presencia, ni sus caricias, se sintieron, de nuevo, desgraciadas. Ya no se mecían ni susurraban con el viento del atardecer, hasta que otra de las campesinas comprendió su desdicha. Desde ese momento, siempre hubo en el sendero alguien que al atardecer las regaba y nunca más fueron desdichadas...
– Eloísa, nosotras no somos flores que cuidar.
– Ya lo creo que sí. Sois las flores más hermosas de Nando y yo os riego con la sabiduría milenaria para que aún lo seáis más. Confiad las unas en las otras y apoyaros en vuestras desventuras. Buscad el consuelo del amor en los demás y entre vosotras, flores del muro. Y no olvidéis nunca, jamás: que la desgracia es efímera y desaparece, si sabemos mirar más allá de ella.
Pedro, el Ciego, cerró la boca y no dijo nada más sobre Eloísa, la Sinhuesos. Todos la conocían, pero pocos sabían del inmenso influjo que aquella anciana había traído a Nando.
Quizás esta narración les haya traído sosiego y sabiduría a ustedes, singulares lectores.
(El Narrador de Nando)
Final del relato
Juan E. Liébana Cazalla






