domingo, 14 de diciembre de 2025

Despertar (Primer relato del Universo Nando)

    Mi padre me manifestó que yo no nací de mujer. Asegura que un día me plantó en el huerto del pozo. La semilla que utilizó fue la escarcha de una estrella errante que se posó en sus labios. Nunca lo creí, aunque me sentí importante no cualquiera es diamante de estrella. Mi madre más prosaica, se rio de aquella invención y me aseguró al oído: que yo nací de una lágrima de pasión. También aquello tenía su aquel, pero la creí.


Fui una niña dichosa y una adolescente feliz hasta que me enamoré. El amor empañó mi vida. No me gustan las cosas que agradan a la mayoría, porque mi mundo es más pintoresco que el de los demás. Me divierte la imperfección, me inquieta la perturbación y disfruto con el desorden. Pero hay algo que siempre me gustó sobre todas las demás cosas: la casa que habito. La adoro. La cancela del portal es un cuadro vivo de hojas, uvas y enredaderas de color blanquecino. La cocina te acoge en un abrazo cálido de confort. Todas las habitaciones tienen un halo de seducción singular. Salvo los aposentos de la planta superior, que yo tenía prohibidos de pequeña, sobre todo el dormitorio grande cuya puerta del balcón sigue sin color y cerrada desde que el tatarabuelo la maldijo. Imposible abrirla. La maldición la abraza como un hada ampara sus alas de fina luminiscencia. Todas las primaveras la coloreamos, pero la pintura resbala como si fuese agua de lluvia y no impregna la madera. El ventanuco superior no tiene cristal. Es como un hueco vacuo, pero de luz turbia durante el día y penumbra de luna durante la noche. Por suerte es hermética excepto para Larusia una gaviota menuda que ha hecho su morada de ramas en lo alto del armario. Angustias, mi Aya, dice que las gaviotas no hacen nidos de cigüeña, que aquello que duerme en la casa es un mal agüero. ¡Puede ser! Ella anuncia calamidades a diario, serán cosas de su liviandad. Hace muchos años que solo ocupo la planta baja, en concreto, la salita de estar donde impío se yergue el vano de los enamorados. Una ventana de estilo colonial con tejadillo y un alfeizar ornamentado hasta pie de calle, de grandes dimensiones y desgracia de mis males. Cuenta, Aya, mi desgracia, tú que la conoces bien, pero que yo no te oiga, por favor:


        La María era joven cuando un loco amor la arraigó a la ventana donde expía su suerte. Allí mora en su silla de aneas a la espera de que la visiten vecinas durante el día y fantasmas de anochecida. El hombre que la envenenó, hace más de un siglo que se marchó del ventanal. Él le dijo: ‘Espérame, amor, junto a este mirador’ y ella confió y confió. No se movió de su silla de ilusión frente a la gélida reja. ¡Día y noche, esperó y esperó! Nada ni nadie la bajará jamás del trono donde arde su esperanza. Nada ni nadie la puede apartar de la yerma verja. ¡María, enamorada! ¡María, ilusionada! ¡María, deshilachada en vida! Le crecieron las uñas de las manos y aún más la de los pies. Tanto tiempo permaneció en el lugar, sin moverse, que las uñas de sus pies enraizaron en el suelo. Penetraron profundo en la tierra hasta que esta la amamantó y la sustentó como si un árbol humano hubiese florecido junto al enrejado de la habitación. La tierra la convirtió en María, la Profetisa. María árbol. María amor. Capaz de vaticinar bellezas y calamidades para los demás y negada a augurarse la malquerencia e insolidaridad de su amante. ¡Ay María, raíz en vida!

Gracias Angustias por coser mi historia al relato.

 

La casa es hermosa, en ella reina la paz, pero fuera… Casi siempre ruge la barahúnda y el temporal con sus rayos atronadores o, cuando no, el estruendo de las voces exigentes de mi ego. En esta casa todos descansamos mal. Yo en concreto porque no entiendo los misterios del inconsciente humano, ni la soledad hambrienta de las noches. Apenas duermo. Me despierta el claroscuro azulado de las madrugadas. Pero, sobremodo, el crepitar de los huesos impuros del subsuelo de la torre norte que compite con la torre sur donde jadean sus piedras por frotación nocturna.

– ¡Frotación! Será erosión, María.

– También, pero no desoigas lo que te digo.

Déjame soñar en los cielos luminosos del firmamento. Mi techo es una llanura coloreada, un arcoíris de fantasías imaginadas e inimaginables. Es mirar sin ver y observar sin localizar. Se ilumina el mito y se apaga la realidad. La verdad de cuantos me rodean, irradian con sus mundos mi sustantividad. Siempre inmóvil tras este penal de sensaciones y presidio de emociones. Y tornará el día, y la luz calentará la reja, y Elvira, la Chiva, vendrá, y me preguntará por su hijo Salvio. ¡Quimera y liberación! Sí, el muchacho que fue a cumplir con el servicio militar y se esfumó. Se subió al tren-correo una noche de diciembre mientras nevaba y se corrompió. Nunca le conté a su madre cómo se extravió. Ella cree que está en la mili. Seis años hará que se desvaneció como la nieve se disuelve y evapora. Algunas veces me pregunto si no sería un niño de nieve que al calor de la soledad se volatilizó. Entró en el tren. Vagó por los vagones en busca de un calor que semejase al de su madre. Tímido, no lo encontró, pero sí un compartimento vacío. Dejó el petate en un lado, abandonado, de poco le iba a servir. Se enroscó sobre sí mismo como un gran oso de peluche en su cueva, y así se desvaneció para el mundo. ¿Y qué decir a su madre? Nada. ¡Su hijo vive! Lejos de ella y reenganchado para la eternidad en un ejército invisible. ¡Ay María, luz de vida!

El ventanal desde el que se me otorgó el don de la clarividencia es un suplicio constante. De tanto mirar en el pozo de la Sibila mis palabras se convirtieron en oráculos que guardan un significado oculto. Enigmas para encubrir los hechos y sus gestas. Algún día me extraviarán las personas que me visitan. Algún día me volveré loca en esta silla de ácaros donde permanezco inalterable. Algún día seré como el rayo de luna que se adormece tras la celosía. Y llegará el atardecer, y las aves piarán antes de encontrar cobijo en las ramas de los cercanos árboles, y la luna acudirá tras el torreón norte, y se manifestará el espectro de medianoche a preguntar, por enésima vez, el rito que no quiere entender: la sublimación del alma humana. Y el eco de la torre proyectará en oleadas: ¿Qué fue de ti Mariana, mi sol? ¿Dónde te hayas amada tan callada? ¿María, dónde está mi Mariana?

Norberto, de bigote rancio y mirada lánguida, que perdió a su prometida dos siglos atrás entre barricadas contra el opresor francés, mientras defendía la libertad que dilapidaba el indecoroso rey Fernando, séptimo en su orden dinástico. Mariana murió un atardecer sin sol, como tantos españoles, por la egolatría de un nefasto rey y las verdades infundadas de un dictador. Norberto, henchido de dolor y estiércol, se ocultó en un sótano a la espera de que la guerra pasase. ¡No pasó! Fue descubierto y fusilado por cobarde. Ahora vaga por las miserables oquedades. Se esconde en las grietas de los acantilados y en los vanos umbríos donde habitan las sombras. Si el viento se agita, gime para que los aleros de los tejados transmitan siempre el mismo lamento: ¿Dónde te hayas Mariana que no te encuentro? No puedo ayudarlo. Hace mucho tiempo que hice una promesa. Mariana se marchó y Norberto se quedó entre tinieblas buscando…

¿María, dónde está mi Mariana?

Se marchó, Norberto…

Como decirle que Mariana es tiniebla y cambio. Que Mariana se transformó. ¡Que debe renunciar a su cobardía y progresar! Mejor callar. Mejor dejar que la oscuridad le cubra y lo aleje del ventanal. Que amanezca un día claro. Sin esa impura añoranza. ¡Norberto, cuánto me dañas!


Es tan triste la angustia de la madrugada. Todo se magnifica. Hasta las sombras se alargan. Esta aprensión es como un anciano que gritase la insolidaridad de los demás, cuando no, su propia soledad. No quiero entristecerme ahora que el día emerge y la luz se vislumbra tras el torreón de la iglesia aparecida, aunque debería decir reconquistada. Se ocultó al mundo árabe, al parecer para no ser convertida en mezquita y estuvo tan temerosa que pasaron siglos antes de aparecer de nuevo ante el pueblo. Fue desdicha que se manifestase una semana antes de que las tropas republicanas de nuestra guerra civil entrasen en el pueblo. ¡Visto y no visto!, ardió por los cuatro costados acusada de hechicería. Solo se salvó el torreón con su enorme campanario.

Rosendo, sí que mañaneas. Es el encargado de dar cuerda a la campana mayor para que suene. Rosendo, el Cojo, con su tullida muleta y su andar de vaivenes desangelados. Perdió su pierna una tarde de primavera en el antiguo muladar. Se inficionó mientras fornicaba con la prostituta del callejón. De no ser por ella, se hubiese deshecho en el húmedo cenizal como su pierna se disipó. Fueron los fluidos de ella lo que cauterizó el maleficio de la herida y paralizó la evanescencia del resto de su cuerpo. Rosendo, en agradecimiento, se desposó con ella. La unión solo aguantó diez días. Ella era muy puta para dejar su profesión y él, demasiado torpe para pasar por cabrón. Aquel incidente trajo algo nocivo, el muladar de la metamorfosis desapareció. Rosendo lo obturó con las palabras de algún dios olvidado y se extinguió. Ya no existe en el pueblo sendero a otra dimensión. No hay modo de realizar un exorcismo de despersonalización. ¡No, perdón! No, me equivoco. Uno se fue y otro emergió. 


    Martina, la Tabar, está muy contenta porque dice: ‘que se va a hacer un abrigo de billetes de a cien euros’. Vive en una placita coqueta y reducida. En su centro había, hasta hace poco, una cruz de humilladero sobre un pequeño pedestal de piedra. La cruz era de madera y con el paso del tiempo se resquebrajó y partió. Se desmontó y se reemplazó por un ángel de tamaño natural a semejanza del vizconde Albato que fue quien pagó el encargo. La estatua es de mármol blanco y se expone con sus alas extendidas al público para quien lo visita. Acudió hasta él, Pablo, el Trompa, arrepentido de su mala vida y de ser el hazmerreír de todo el pueblo. Se hincó de hinojos y pidió al ángel que le cambiase aquel innoble hábito. Con tanto fervor lo pidió y tan convencido estaba de su necesidad, que el ángel cerró sus alas sobre él. Pablo sintió como algo atravesaba su cuerpo de parte a parte. Cuando el ángel regresó a su posición inicial en su pecho ardía un remolino de luz. A Pablo se le conoce ahora en el pueblo como Pablo, el Aguado, a tal grado llega su abstemia. Después de él llegaron otros. No a todos atiende y el portal de su pecho solo se activa cuando el ángel quiere, pero ya son muchos los transmutados. Llegaron miserables y partieron justos. Acudieron ansiosos y salieron sosegados, Vinieron agresivos y marcharon pacíficos. amargados por alegres, culpables por eximidos, y hasta pasaron toros mansos y se alejaron bestias bravas. La voz se ha corrido y acuden de otros pueblos a ver al Ángel dulce. La taberna pronto será restaurante y la pensión de enfrente, hotel de cuatro estrellas. ¡María, cuánto bienestar!

 

Desde el mismo momento que rasgué la tierra con mis uñas sentí la presencia de Pascuala. La Pascuala, luz y seducción. La Pascuala, mi amiga sin trabas.

Miro al infinito porque un llanto me reclama. A Pascuala, la Hortelana, que guarda el vergel y el árbol de la magia, se le cayó un brazo. Fue, ayer por la tarde, en el sendero que lleva a las acequias de miel. Pero no se queja porque en pocos días le nacerá otro apéndice impreciso más joven y vigoroso. Entonces, María, ¿qué te quema las entrañas? ¿Qué tienes, diosa de las profecías?

¡Desperté! ¡El miedo se templa!

Me araño las entrañas en un gemido prolongado: ¡Pascuala, ven! Mi lamento se engravece. ¡No, dioses! El amanecer ha traído un profundo abismo junto al pozo de la huerta. Nació una sima que, si eres capaz y miras, llega al mismo centro del universo. Allí el magma de la negrura profunda se funde con el de las estrellas y reverbera en un lamento agudo, una súplica sin fin.

¡Desperté! ¡El miedo vibra!

El primer vaticinio que brotó de mis labios está por cumplirse.

¡Pascuala, corre y abrázame! Ven antes de que despierte mi miedo y seamos dos. ¡Mujer aligera, que los fríos vientos de enero ascienden de la huerta a las estrellas! Pascuala, acógeme en tu magia, rodéame en tu abrazo y bésame. Al fin, Pascuala estás aquí. Tú me ayudarás contra este álgido espanto que me quita las fuerzas.

¿Qué tienes María?

– Viste la sima al lado del pozo de la huerta. Tal vez mi padre tuviese razón y yo sea escarcha de estrella.

– ¡Eso no! ¡Tú eres María, la Sibila! Tú eres el corazón de este pueblo. De tu palabra brota la metamorfosis del mundo, la transmutación del abatido, la redención de todos nosotros.



       – Estoy cansada desde que ese abismo se abrió. Me atrae, Pascuala. Me llama de modo imperioso es como la voz de la eterna renovación.

– ¡No, no puede ser! No te puedes marchar. No nos puedes abandonar.

– ¡Desperté, Pascuala! ¡Me escuchas, desperté! Mis uñas se desvanecen, ya apenas siento la voz de la madre tierra, solo vislumbro las estrellas y su eternidad.

– ¡María, María!, te diluyes. Eres como escarcha entre los dedos. ¡Espérame, María! Ambas recorreremos los senderos de estrellas.

– ¡Adiós, Pascuala! ¡Mis profecías se han agotado, amor!


Juan E. Liébana Cazalla