Fui una niña dichosa y una adolescente feliz hasta que me enamoré. El amor empañó mi vida. No me gustan las cosas que agradan a la mayoría, porque mi mundo es más pintoresco que el de los demás. Me divierte la imperfección, me inquieta la perturbación y disfruto con el desorden. Pero hay algo que siempre me gustó sobre todas las demás cosas: la casa que habito. La adoro. La cancela del portal es un cuadro vivo de hojas, uvas y enredaderas de color blanquecino. La cocina te acoge en un abrazo cálido de confort. Todas las habitaciones tienen un halo de seducción singular. Salvo los aposentos de la planta superior, que yo tenía prohibidos de pequeña, sobre todo el dormitorio grande cuya puerta del balcón sigue sin color y cerrada desde que el tatarabuelo la maldijo. Imposible abrirla. La maldición la abraza como un hada ampara sus alas de fina luminiscencia. Todas las primaveras la coloreamos, pero la pintura resbala como si fuese agua de lluvia y no impregna la madera. El ventanuco superior no tiene cristal. Es como un hueco vacuo, pero de luz turbia durante el día y penumbra de luna durante la noche. Por suerte es hermética excepto para Larusia una gaviota menuda que ha hecho su morada de ramas en lo alto del armario. Angustias, mi Aya, dice que las gaviotas no hacen nidos de cigüeña, que aquello que duerme en la casa es un mal agüero. ¡Puede ser! Ella anuncia calamidades a diario, serán cosas de su liviandad. Hace muchos años que solo ocupo la planta baja, en concreto, la salita de estar donde impío se yergue el vano de los enamorados. Una ventana de estilo colonial con tejadillo y un alfeizar ornamentado hasta pie de calle, de grandes dimensiones y desgracia de mis males. Cuenta, Aya, mi desgracia, tú que la conoces bien, pero que yo no te oiga, por favor:
Gracias Angustias por coser mi historia al relato.
La casa es hermosa, en ella reina la paz, pero fuera… Casi siempre ruge la barahúnda y el temporal con sus rayos atronadores o, cuando no, el estruendo de las voces exigentes de mi ego. En esta casa todos descansamos mal. Yo en concreto porque no entiendo los misterios del inconsciente humano, ni la soledad hambrienta de las noches. Apenas duermo. Me despierta el claroscuro azulado de las madrugadas. Pero, sobremodo, el crepitar de los huesos impuros del subsuelo de la torre norte que compite con la torre sur donde jadean sus piedras por frotación nocturna.
– ¡Frotación! Será erosión, María.
– También, pero no desoigas lo que te digo.
Déjame soñar en los cielos luminosos del firmamento. Mi techo es una llanura coloreada, un arcoíris de fantasías imaginadas e inimaginables. Es mirar sin ver y observar sin localizar. Se ilumina el mito y se apaga la realidad. La verdad de cuantos me rodean, irradian con sus mundos mi sustantividad. Siempre inmóvil tras este penal de sensaciones y presidio de emociones. Y tornará el día, y la luz calentará la reja, y Elvira, la Chiva, vendrá, y me preguntará por su hijo Salvio. ¡Quimera y liberación! Sí, el muchacho que fue a cumplir con el servicio militar y se esfumó. Se subió al tren-correo una noche de diciembre mientras nevaba y se corrompió. Nunca le conté a su madre cómo se extravió. Ella cree que está en la mili. Seis años hará que se desvaneció como la nieve se disuelve y evapora. Algunas veces me pregunto si no sería un niño de nieve que al calor de la soledad se volatilizó. Entró en el tren. Vagó por los vagones en busca de un calor que semejase al de su madre. Tímido, no lo encontró, pero sí un compartimento vacío. Dejó el petate en un lado, abandonado, de poco le iba a servir. Se enroscó sobre sí mismo como un gran oso de peluche en su cueva, y así se desvaneció para el mundo. ¿Y qué decir a su madre? Nada. ¡Su hijo vive! Lejos de ella y reenganchado para la eternidad en un ejército invisible. ¡Ay María, luz de vida!
El ventanal desde el que se me otorgó el don de la clarividencia es un
suplicio constante. De tanto mirar en el pozo de la Sibila mis palabras se
convirtieron en oráculos que guardan un significado oculto. Enigmas para encubrir
los hechos y sus gestas. Algún día me extraviarán las personas que me visitan.
Algún día me volveré loca en esta silla de ácaros donde permanezco inalterable.
Algún día seré como el rayo de luna que se adormece tras la celosía. Y llegará el
atardecer, y las aves piarán antes de encontrar cobijo en las ramas de los
cercanos árboles, y la luna acudirá tras el torreón norte, y se manifestará el espectro
de medianoche a preguntar, por enésima vez, el rito que no quiere entender: la sublimación
del alma humana. Y el eco de la torre proyectará en oleadas: ¿Qué fue de ti Mariana, mi
sol? ¿Dónde te hayas amada tan callada? ¿María, dónde está mi Mariana?
Norberto, de bigote rancio y mirada lánguida, que perdió a su prometida
dos siglos atrás entre barricadas contra el opresor francés, mientras defendía la
libertad que dilapidaba el indecoroso rey Fernando, séptimo en su orden
dinástico. Mariana murió un atardecer sin sol, como tantos españoles, por la
egolatría de un nefasto rey y las verdades infundadas de un dictador. Norberto,
henchido de dolor y estiércol, se ocultó en un sótano a la espera de que la guerra
pasase. ¡No pasó! Fue descubierto y fusilado por cobarde. Ahora vaga por las
miserables oquedades. Se esconde en las grietas de los acantilados y en los
vanos umbríos donde habitan las sombras. Si el viento se agita, gime para que
los aleros de los tejados transmitan siempre el mismo lamento: ¿Dónde te hayas
Mariana que no te encuentro? No puedo ayudarlo. Hace mucho tiempo que hice una
promesa. Mariana se marchó y Norberto se quedó entre tinieblas buscando…
¿María, dónde está mi Mariana?
Se marchó, Norberto…
Como decirle que Mariana es tiniebla y cambio. Que Mariana se transformó. ¡Que debe renunciar a su cobardía y progresar! Mejor callar. Mejor dejar que la oscuridad le cubra y lo aleje del ventanal. Que amanezca un día claro. Sin esa impura añoranza. ¡Norberto, cuánto me dañas!
Es tan triste la angustia de la madrugada. Todo se magnifica. Hasta las
sombras se alargan. Esta aprensión es como un anciano que gritase la
insolidaridad de los demás, cuando no, su propia soledad. No quiero
entristecerme ahora que el día emerge y la luz se vislumbra tras el torreón de
la iglesia aparecida, aunque debería decir reconquistada. Se ocultó al mundo
árabe, al parecer para no ser convertida en mezquita y estuvo tan temerosa que
pasaron siglos antes de aparecer de nuevo ante el pueblo. Fue desdicha que se
manifestase una semana antes de que las tropas republicanas de nuestra guerra
civil entrasen en el pueblo. ¡Visto y no visto!, ardió por los cuatro costados
acusada de hechicería. Solo se salvó el torreón con su enorme campanario.
Rosendo, sí que mañaneas. Es el encargado de dar cuerda a la campana mayor para que suene. Rosendo, el Cojo, con su tullida muleta y su andar de vaivenes desangelados. Perdió su pierna una tarde de primavera en el antiguo muladar. Se inficionó mientras fornicaba con la prostituta del callejón. De no ser por ella, se hubiese deshecho en el húmedo cenizal como su pierna se disipó. Fueron los fluidos de ella lo que cauterizó el maleficio de la herida y paralizó la evanescencia del resto de su cuerpo. Rosendo, en agradecimiento, se desposó con ella. La unión solo aguantó diez días. Ella era muy puta para dejar su profesión y él, demasiado torpe para pasar por cabrón. Aquel incidente trajo algo nocivo, el muladar de la metamorfosis desapareció. Rosendo lo obturó con las palabras de algún dios olvidado y se extinguió. Ya no existe en el pueblo sendero a otra dimensión. No hay modo de realizar un exorcismo de despersonalización. ¡No, perdón! No, me equivoco. Uno se fue y otro emergió.
Desde el mismo momento que rasgué la tierra con mis uñas sentí la
presencia de Pascuala. La Pascuala, luz y seducción. La Pascuala, mi amiga sin
trabas.
Miro al infinito porque un llanto me reclama. A Pascuala, la Hortelana,
que guarda el vergel y el árbol de la magia, se le cayó un brazo. Fue, ayer por
la tarde, en el sendero que lleva a las acequias de miel. Pero no se queja
porque en pocos días le nacerá otro apéndice impreciso más joven y vigoroso.
Entonces, María, ¿qué te quema las entrañas? ¿Qué tienes, diosa de las
profecías?
¡Desperté! ¡El miedo se templa!
Me araño las entrañas en un gemido prolongado: ¡Pascuala, ven! Mi lamento
se engravece. ¡No, dioses! El amanecer ha traído un profundo abismo junto al
pozo de la huerta. Nació una sima que, si eres capaz y miras, llega al mismo
centro del universo. Allí el magma de la negrura profunda se funde con el de
las estrellas y reverbera en un lamento agudo, una súplica sin fin.
¡Desperté! ¡El miedo vibra!
El primer vaticinio que brotó de mis labios está por cumplirse.
¡Pascuala, corre y abrázame! Ven antes de que despierte mi miedo y seamos
dos. ¡Mujer aligera, que los fríos vientos de enero ascienden de la huerta a
las estrellas! Pascuala, acógeme en tu magia, rodéame en tu abrazo y bésame. Al
fin, Pascuala estás aquí. Tú me ayudarás contra este álgido espanto que me quita
las fuerzas.
– ¿Qué tienes María?
– Viste la sima al lado del pozo de la huerta. Tal vez mi padre tuviese
razón y yo sea escarcha de estrella.
– ¡Eso no! ¡Tú eres María, la Sibila! Tú eres el corazón de este
pueblo. De tu palabra brota la metamorfosis del mundo, la transmutación del
abatido, la redención de todos nosotros.
– Estoy cansada desde que ese abismo se abrió. Me atrae, Pascuala. Me llama de modo imperioso es como la voz de la eterna renovación.
– ¡No, no puede ser! No te puedes marchar. No nos puedes abandonar.
– ¡Desperté, Pascuala! ¡Me escuchas, desperté! Mis uñas se
desvanecen, ya apenas siento la voz de la madre tierra, solo vislumbro las
estrellas y su eternidad.
– ¡María, María!, te diluyes. Eres como escarcha entre los dedos.
¡Espérame, María! Ambas recorreremos los senderos de estrellas.
– ¡Adiós, Pascuala! ¡Mis profecías se han agotado, amor!
Juan E. Liébana Cazalla



















