domingo, 14 de diciembre de 2025

Despertar (Primer relato del Universo Nando)

    Mi padre me manifestó que yo no nací de mujer. Asegura que un día me plantó en el huerto del pozo. La semilla que utilizó fue la escarcha de una estrella errante que se posó en sus labios. Nunca lo creí, aunque me sentí importante no cualquiera es diamante de estrella. Mi madre más prosaica, se rio de aquella invención y me aseguró al oído: que yo nací de una lágrima de pasión. También aquello tenía su aquel, pero la creí.


Fui una niña dichosa y una adolescente feliz hasta que me enamoré. El amor empañó mi vida. No me gustan las cosas que agradan a la mayoría, porque mi mundo es más pintoresco que el de los demás. Me divierte la imperfección, me inquieta la perturbación y disfruto con el desorden. Pero hay algo que siempre me gustó sobre todas las demás cosas: la casa que habito. La adoro. La cancela del portal es un cuadro vivo de hojas, uvas y enredaderas de color blanquecino. La cocina te acoge en un abrazo cálido de confort. Todas las habitaciones tienen un halo de seducción singular. Salvo los aposentos de la planta superior, que yo tenía prohibidos de pequeña, sobre todo el dormitorio grande cuya puerta del balcón sigue sin color y cerrada desde que el tatarabuelo la maldijo. Imposible abrirla. La maldición la abraza como un hada ampara sus alas de fina luminiscencia. Todas las primaveras la coloreamos, pero la pintura resbala como si fuese agua de lluvia y no impregna la madera. El ventanuco superior no tiene cristal. Es como un hueco vacuo, pero de luz turbia durante el día y penumbra de luna durante la noche. Por suerte es hermética excepto para Larusia una gaviota menuda que ha hecho su morada de ramas en lo alto del armario. Angustias, mi Aya, dice que las gaviotas no hacen nidos de cigüeña, que aquello que duerme en la casa es un mal agüero. ¡Puede ser! Ella anuncia calamidades a diario, serán cosas de su liviandad. Hace muchos años que solo ocupo la planta baja, en concreto, la salita de estar donde impío se yergue el vano de los enamorados. Una ventana de estilo colonial con tejadillo y un alfeizar ornamentado hasta pie de calle, de grandes dimensiones y desgracia de mis males. Cuenta, Aya, mi desgracia, tú que la conoces bien, pero que yo no te oiga, por favor:


        La María era joven cuando un loco amor la arraigó a la ventana donde expía su suerte. Allí mora en su silla de aneas a la espera de que la visiten vecinas durante el día y fantasmas de anochecida. El hombre que la envenenó, hace más de un siglo que se marchó del ventanal. Él le dijo: ‘Espérame, amor, junto a este mirador’ y ella confió y confió. No se movió de su silla de ilusión frente a la gélida reja. ¡Día y noche, esperó y esperó! Nada ni nadie la bajará jamás del trono donde arde su esperanza. Nada ni nadie la puede apartar de la yerma verja. ¡María, enamorada! ¡María, ilusionada! ¡María, deshilachada en vida! Le crecieron las uñas de las manos y aún más la de los pies. Tanto tiempo permaneció en el lugar, sin moverse, que las uñas de sus pies enraizaron en el suelo. Penetraron profundo en la tierra hasta que esta la amamantó y la sustentó como si un árbol humano hubiese florecido junto al enrejado de la habitación. La tierra la convirtió en María, la Profetisa. María árbol. María amor. Capaz de vaticinar bellezas y calamidades para los demás y negada a augurarse la malquerencia e insolidaridad de su amante. ¡Ay María, raíz en vida!

Gracias Angustias por coser mi historia al relato.

 

La casa es hermosa, en ella reina la paz, pero fuera… Casi siempre ruge la barahúnda y el temporal con sus rayos atronadores o, cuando no, el estruendo de las voces exigentes de mi ego. En esta casa todos descansamos mal. Yo en concreto porque no entiendo los misterios del inconsciente humano, ni la soledad hambrienta de las noches. Apenas duermo. Me despierta el claroscuro azulado de las madrugadas. Pero, sobremodo, el crepitar de los huesos impuros del subsuelo de la torre norte que compite con la torre sur donde jadean sus piedras por frotación nocturna.

– ¡Frotación! Será erosión, María.

– También, pero no desoigas lo que te digo.

Déjame soñar en los cielos luminosos del firmamento. Mi techo es una llanura coloreada, un arcoíris de fantasías imaginadas e inimaginables. Es mirar sin ver y observar sin localizar. Se ilumina el mito y se apaga la realidad. La verdad de cuantos me rodean, irradian con sus mundos mi sustantividad. Siempre inmóvil tras este penal de sensaciones y presidio de emociones. Y tornará el día, y la luz calentará la reja, y Elvira, la Chiva, vendrá, y me preguntará por su hijo Salvio. ¡Quimera y liberación! Sí, el muchacho que fue a cumplir con el servicio militar y se esfumó. Se subió al tren-correo una noche de diciembre mientras nevaba y se corrompió. Nunca le conté a su madre cómo se extravió. Ella cree que está en la mili. Seis años hará que se desvaneció como la nieve se disuelve y evapora. Algunas veces me pregunto si no sería un niño de nieve que al calor de la soledad se volatilizó. Entró en el tren. Vagó por los vagones en busca de un calor que semejase al de su madre. Tímido, no lo encontró, pero sí un compartimento vacío. Dejó el petate en un lado, abandonado, de poco le iba a servir. Se enroscó sobre sí mismo como un gran oso de peluche en su cueva, y así se desvaneció para el mundo. ¿Y qué decir a su madre? Nada. ¡Su hijo vive! Lejos de ella y reenganchado para la eternidad en un ejército invisible. ¡Ay María, luz de vida!

El ventanal desde el que se me otorgó el don de la clarividencia es un suplicio constante. De tanto mirar en el pozo de la Sibila mis palabras se convirtieron en oráculos que guardan un significado oculto. Enigmas para encubrir los hechos y sus gestas. Algún día me extraviarán las personas que me visitan. Algún día me volveré loca en esta silla de ácaros donde permanezco inalterable. Algún día seré como el rayo de luna que se adormece tras la celosía. Y llegará el atardecer, y las aves piarán antes de encontrar cobijo en las ramas de los cercanos árboles, y la luna acudirá tras el torreón norte, y se manifestará el espectro de medianoche a preguntar, por enésima vez, el rito que no quiere entender: la sublimación del alma humana. Y el eco de la torre proyectará en oleadas: ¿Qué fue de ti Mariana, mi sol? ¿Dónde te hayas amada tan callada? ¿María, dónde está mi Mariana?

Norberto, de bigote rancio y mirada lánguida, que perdió a su prometida dos siglos atrás entre barricadas contra el opresor francés, mientras defendía la libertad que dilapidaba el indecoroso rey Fernando, séptimo en su orden dinástico. Mariana murió un atardecer sin sol, como tantos españoles, por la egolatría de un nefasto rey y las verdades infundadas de un dictador. Norberto, henchido de dolor y estiércol, se ocultó en un sótano a la espera de que la guerra pasase. ¡No pasó! Fue descubierto y fusilado por cobarde. Ahora vaga por las miserables oquedades. Se esconde en las grietas de los acantilados y en los vanos umbríos donde habitan las sombras. Si el viento se agita, gime para que los aleros de los tejados transmitan siempre el mismo lamento: ¿Dónde te hayas Mariana que no te encuentro? No puedo ayudarlo. Hace mucho tiempo que hice una promesa. Mariana se marchó y Norberto se quedó entre tinieblas buscando…

¿María, dónde está mi Mariana?

Se marchó, Norberto…

Como decirle que Mariana es tiniebla y cambio. Que Mariana se transformó. ¡Que debe renunciar a su cobardía y progresar! Mejor callar. Mejor dejar que la oscuridad le cubra y lo aleje del ventanal. Que amanezca un día claro. Sin esa impura añoranza. ¡Norberto, cuánto me dañas!


Es tan triste la angustia de la madrugada. Todo se magnifica. Hasta las sombras se alargan. Esta aprensión es como un anciano que gritase la insolidaridad de los demás, cuando no, su propia soledad. No quiero entristecerme ahora que el día emerge y la luz se vislumbra tras el torreón de la iglesia aparecida, aunque debería decir reconquistada. Se ocultó al mundo árabe, al parecer para no ser convertida en mezquita y estuvo tan temerosa que pasaron siglos antes de aparecer de nuevo ante el pueblo. Fue desdicha que se manifestase una semana antes de que las tropas republicanas de nuestra guerra civil entrasen en el pueblo. ¡Visto y no visto!, ardió por los cuatro costados acusada de hechicería. Solo se salvó el torreón con su enorme campanario.

Rosendo, sí que mañaneas. Es el encargado de dar cuerda a la campana mayor para que suene. Rosendo, el Cojo, con su tullida muleta y su andar de vaivenes desangelados. Perdió su pierna una tarde de primavera en el antiguo muladar. Se inficionó mientras fornicaba con la prostituta del callejón. De no ser por ella, se hubiese deshecho en el húmedo cenizal como su pierna se disipó. Fueron los fluidos de ella lo que cauterizó el maleficio de la herida y paralizó la evanescencia del resto de su cuerpo. Rosendo, en agradecimiento, se desposó con ella. La unión solo aguantó diez días. Ella era muy puta para dejar su profesión y él, demasiado torpe para pasar por cabrón. Aquel incidente trajo algo nocivo, el muladar de la metamorfosis desapareció. Rosendo lo obturó con las palabras de algún dios olvidado y se extinguió. Ya no existe en el pueblo sendero a otra dimensión. No hay modo de realizar un exorcismo de despersonalización. ¡No, perdón! No, me equivoco. Uno se fue y otro emergió. 


    Martina, la Tabar, está muy contenta porque dice: ‘que se va a hacer un abrigo de billetes de a cien euros’. Vive en una placita coqueta y reducida. En su centro había, hasta hace poco, una cruz de humilladero sobre un pequeño pedestal de piedra. La cruz era de madera y con el paso del tiempo se resquebrajó y partió. Se desmontó y se reemplazó por un ángel de tamaño natural a semejanza del vizconde Albato que fue quien pagó el encargo. La estatua es de mármol blanco y se expone con sus alas extendidas al público para quien lo visita. Acudió hasta él, Pablo, el Trompa, arrepentido de su mala vida y de ser el hazmerreír de todo el pueblo. Se hincó de hinojos y pidió al ángel que le cambiase aquel innoble hábito. Con tanto fervor lo pidió y tan convencido estaba de su necesidad, que el ángel cerró sus alas sobre él. Pablo sintió como algo atravesaba su cuerpo de parte a parte. Cuando el ángel regresó a su posición inicial en su pecho ardía un remolino de luz. A Pablo se le conoce ahora en el pueblo como Pablo, el Aguado, a tal grado llega su abstemia. Después de él llegaron otros. No a todos atiende y el portal de su pecho solo se activa cuando el ángel quiere, pero ya son muchos los transmutados. Llegaron miserables y partieron justos. Acudieron ansiosos y salieron sosegados, Vinieron agresivos y marcharon pacíficos. amargados por alegres, culpables por eximidos, y hasta pasaron toros mansos y se alejaron bestias bravas. La voz se ha corrido y acuden de otros pueblos a ver al Ángel dulce. La taberna pronto será restaurante y la pensión de enfrente, hotel de cuatro estrellas. ¡María, cuánto bienestar!

 

Desde el mismo momento que rasgué la tierra con mis uñas sentí la presencia de Pascuala. La Pascuala, luz y seducción. La Pascuala, mi amiga sin trabas.

Miro al infinito porque un llanto me reclama. A Pascuala, la Hortelana, que guarda el vergel y el árbol de la magia, se le cayó un brazo. Fue, ayer por la tarde, en el sendero que lleva a las acequias de miel. Pero no se queja porque en pocos días le nacerá otro apéndice impreciso más joven y vigoroso. Entonces, María, ¿qué te quema las entrañas? ¿Qué tienes, diosa de las profecías?

¡Desperté! ¡El miedo se templa!

Me araño las entrañas en un gemido prolongado: ¡Pascuala, ven! Mi lamento se engravece. ¡No, dioses! El amanecer ha traído un profundo abismo junto al pozo de la huerta. Nació una sima que, si eres capaz y miras, llega al mismo centro del universo. Allí el magma de la negrura profunda se funde con el de las estrellas y reverbera en un lamento agudo, una súplica sin fin.

¡Desperté! ¡El miedo vibra!

El primer vaticinio que brotó de mis labios está por cumplirse.

¡Pascuala, corre y abrázame! Ven antes de que despierte mi miedo y seamos dos. ¡Mujer aligera, que los fríos vientos de enero ascienden de la huerta a las estrellas! Pascuala, acógeme en tu magia, rodéame en tu abrazo y bésame. Al fin, Pascuala estás aquí. Tú me ayudarás contra este álgido espanto que me quita las fuerzas.

¿Qué tienes María?

– Viste la sima al lado del pozo de la huerta. Tal vez mi padre tuviese razón y yo sea escarcha de estrella.

– ¡Eso no! ¡Tú eres María, la Sibila! Tú eres el corazón de este pueblo. De tu palabra brota la metamorfosis del mundo, la transmutación del abatido, la redención de todos nosotros.



       – Estoy cansada desde que ese abismo se abrió. Me atrae, Pascuala. Me llama de modo imperioso es como la voz de la eterna renovación.

– ¡No, no puede ser! No te puedes marchar. No nos puedes abandonar.

– ¡Desperté, Pascuala! ¡Me escuchas, desperté! Mis uñas se desvanecen, ya apenas siento la voz de la madre tierra, solo vislumbro las estrellas y su eternidad.

– ¡María, María!, te diluyes. Eres como escarcha entre los dedos. ¡Espérame, María! Ambas recorreremos los senderos de estrellas.

– ¡Adiós, Pascuala! ¡Mis profecías se han agotado, amor!


Juan E. Liébana Cazalla


jueves, 9 de octubre de 2025

'Sueños de la casa Azul' (Tercer relato del Universo Nando)

Este relato fue galardonado, en agosto de 2025, con el premio al mejor relato del XXIII Concurso de relato corto y poesía para personas mayores promovido por la Junta de Andalucía a través de la Consejería de Inclusión Social, Juventud, Familias e Igualdad. Delegación territorial de Jaén. 


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Sueños de la casa Azul

 

Mi nombre es Pedro, el Ciego, y soy el fabulador de ‘la casa Azul’. Son las ocho y diez de la tarde, a estas horas me gusta descansar en el claustro de la casa Azul. El mes de abril agoniza y sus atardeceres, con el cambio de hora, se hacen interminables y adorables. En este lugar del patio, sublimado, por el cántico de los pájaros, y mecido, por un sol que se adormila y albergado, por la silla apoyada sobre la antigua balaustrada del claustro y amparado, por el atardecer primaveral, una paz aterciopelada me invade cada tarde que escapo del mesón y logro en esta armonía departir con mi soledad.

Quilia, la Inca, la cocinera de la casa, ya ha venido al pozo del claustro, lanzó su cubeta al fondo e izó un pulpo gallego, dos congrios hermosos y varios rapes enormes del Cantábrico para preparar un sustancioso guiso marinero de papas. La obsequié con un guiño. Es mi intención, desde hace años, el camelármela, pero nunca me escucha. La culpa la tiene el Narrador de Nando, ese maldito energúmeno, que la tiene enamorada. María, la Perla, la gobernanta de la casa, me otorga todo el tiempo que puede, pero irremediablemente llega un momento en que el público del mesón me reclama y debo acudir a entretenerlo.

La gente me aclama cuando llego. Me ayudo de mi humilde cayado de cedro y sin prisas, debido a mi ceguera tan oscura como la noche cerrada, buscó mi lugar en el mesón. No bien me acomodo en la vieja silla de aneas, me increpan para que les cuente una de mis historias. Coloco el cayado sobre la pared, y levanto una de mis manos, y comienzo mi soliloquio:

              No sé si sabrán, amigos, la historia de Eloísa, apodada en el pueblo la Sinhuesos que vivió entre nosotros hasta hace pocos años en que emigró a otra ciudad de nuestra España. De ningún modo, ella quiere que se sepa que fue trasladada a una residencia. No tenía hijos, ni familiares en el pueblo que la cuidasen por eso aguarda allí al hada del destino.

         Eloísa no es natural de Nando. Se crio en una pequeña población salmantina, cuyo nombre he olvidado. Vivió una infancia feliz, con una madre atenta a sus necesidades afectivas y un padre, carpintero por más señas, que atendía sus necesidades físicas. Al hacerse mayor de edad, se marchó a Salamanca a estudiar la carrera de Medicina. Cursó hasta el segundo año, el tercero no lo terminó debido a un accidente de circulación. La culpa, un conductor ebrio que conducía por mitad de la ciudad como un descerebrado. Se llevó por delante a la pobre Eloísa que surcó los cielos como un muñeco de trapo. Muchos huesos de su cuerpo se fracturaron y algún que otro órgano se le encontró seriamente maltratado. Estuvo en coma semanas y cuando todos creían que se moría, despertó de su letargo y comenzó una asombrosa recuperación que le trajo mucho sufrimiento y meses de convalecencia. Quedó mejor de lo que los médicos esperaban, pero invalidada para ejercer cualquier trabajo. Medio la jubilaron, a sus veintitrés años, con una cuantía mísera que apenas le llegaba para pagar el alquiler y un bocadillo al día. Sus padres le rogaron que volviese al pueblo donde les sería más fácil cuidarla. Era lo lógico y estaba dispuesta para su regreso cuando conoció a Yalitza. Su padre la costeó en aquellos primeros años, mientras seguía las recomendaciones de su maestra de yoga, que tanto bien le hacía, para aquietar sus dolores musculares y articulares.

         Yalitza era natural de la isla de Sri Lanka. Durante diez años, enseñó a la joven Eloísa no solo los asanas que purificaban su cuerpo, sino la filosofía que guarda este milenario saber.  

         En un principio, la maestra exigía poco a la alumna. La muchacha estaba dañada y era necesaria la paciencia. Cuando Yalitza comenzó a presionar a su joven discípula, Eloísa se quejó. Apareció una frase en su vocabulario: “No puedo…”, que muy pronto la maestra cortó de raíz. 

         – Esas palabras destiérralas de tu mente –le dijo, la maestra, severa–. Siéntela como un gusano que te carcomerá por dentro hasta mermar tu voluntad y lastimar tu espíritu. Escúchame, bien, niña: ‘Uno puede lo que quiere y uno es lo que desea ser’. No lo olvides nunca y jamás vuelvas a pronunciar esas dos palabras en mi presencia.

El comentario mordaz de su maestra dejó a Eloísa conmocionada, y durante días reflexionó sobre sus palabras. Comprendió que el sufrimiento está unido a la superación y luchó, a veces, con lágrimas en los ojos, para batir sus debilidades físicas y, sobre todo, sus fragilidades mentales.

Ya muerta su maestra e iniciado su magisterio yóguico en Salamanca, donde daba clases en una institución privada, apareció el amor. En sus clases de yoga, conoció a Lórian, un profesor de Filosofía de la universidad de la Sorbona, que estaba en la ciudad, ese año, a través del programa Erasmus. Cautivó a la salmantina en pocas semanas y fruto de aquella amistad nació un amor que llevó a Eloísa a París. Fue un idilio ardiente y pleno que duró un año escaso. La abandonó de modo cruel, sin prevenirla y sin posibilidad de reconciliación. Si permaneció en París, fue porque conoció a una mujer singular.

Eloísa acudía todos los días a un Centro Ciudadano cercano a la Plaza de la Bastilla, donde vivía. Al atardecer, cuando terminaba sus clases, gustaba pasearse por los alrededores del Puerto del Arsenal, donde el Sena discurría entre pequeñas embarcaciones de recreo. En aquellos interminables paseos conoció a una mujer que ejercía la prostitución en el puerto. Su nombre era Ivette y cada atardecer exhibía su piel morena, que se azulaba bajo la luz de la luna, junto al Sena. Era una africana de tacto suave y voz melancólica que, con su tierno carácter, tan afín al suyo, la conquistó. Muy pronto compartieron piso y dicha por haberse encontrado en la vida. Más que afecto, compartían una afinidad espiritual. Eran dos almas gemelas en un mundo desgarrador. En esencia,

Eloísa enmascaraba un alma devastada por un amor traicionado e Ivette, encubría a un salvaje que la maltrataba por placer. Los golpes, dados con saña por su chulo, no se traducían en moratones. No, había que mantener en estado óptimo la mercancía con la que comerciaba. Las marcas se grababan bajo su piel que es donde el dolor corroía y marchitaba su esencia más íntima. Ambas se consolaban de sus tormentos y se apoyaban en un silencio tan profundo como las aguas turbias del Sena. La situación entre Ivette y su chulo se había vuelto insostenible, aquella maldita sanguijuela le devoraba el alma. Ella sabía que debía huir si quería conservar la vida, cuando conoció a un hombre que se hacía llamar el Narrador de Nando y que le ofreció un trabajo de doncella en una pensión en su pueblo llamado Nando. Nada le dijo a Eloísa sobre este hombre que, de repente, había aparecido en su vida. En realidad, no le dio tiempo, su amiga había recibido la terrible noticia de la muerte de su madre, y partió para España. Se encontró con el entierro de su madre y con un padre enfermo de cáncer al que los médicos le habían pronosticado tres meses de supervivencia. Su padre la necesitaba y se quedó con él hasta que falleció.

No regresó a París hasta cuatro meses después. Para entonces, su amiga había desaparecido, el chulo que la acosaba se hallaba en paradero desconocido y nadie del vecindario sabía gran cosa de lo ocurrido, salvo suposiciones que en nada le ayudaban para dar con el paradero de su amiga. Solo Camille, otra prostituta amiga de Ivette, le ofreció una información fidedigna de lo que pudo haber sucedido. Según Camille, su amiga había huido de Francia en compañía de un hombre y se encontraba en Jaén, España. En un pueblo llamado Nando.

Eloísa no lo dudó. Tomó un avión con destino a Sevilla y de allí a Jaén. En la estación de autobuses de la capital buscó billete para Nando, pero no encontró ninguna línea que le llevase a dicha población. De hecho, ese pueblo no estaba en ninguna ruta disponible. No se arredró y fue a la parada de taxis. Solicitó al primero de ellos que la llevase a Nando. El taxista se extrañó, no conocía ningún barrio y menos calle de Jaén con ese nombre. Eloísa lo sacó de su error: era una población situada a unos cuarenta minutos de Jaén. El taxista se rascó la nuca, no existía ninguna población con ese nombre en la provincia. La serenidad de Eloísa la mantuvo imperturbable. Avanzó entre la fila de taxis hasta que uno de los conductores le indicó que solo el Tomasito podía llevarla a su destino. Según él, una tatarabuela suya era de aquel lugar. Llamaron al taxista y este se prestó a llevarla.

Nada más bajarse del taxi, ya en Nando, Eloísa sintió las corrientes telúricas que fluían bajo su subsuelo. Las pequeñas descargas eléctricas dejaron a la maestra de yoga encogida por unos momentos. Hasta el taxista se asustó de la expresión de sorpresa de su clienta. Veloz, se recompuso y pago al taxista el viaje. Tomasito le indicó que si seguía el pequeño callejón, que nacía a su derecha, llegaría al monasterio de San Juan, ahora reconvertido en el mejor hostal de Nando. Eloísa agradeció la amabilidad del hombre y se dispuso a seguir el consejo.

Llegaba al monasterio, llamado ‘la casa Azul’ a las siete y catorce minutos. Se presentó a Ana, la Perla y le solicitó una habitación para pasar la noche.


        – ¿Conoce usted a una muchacha francesa de color que se hace llamar Ivette? –preguntó Eloísa con cierta incertidumbre, temía la respuesta.

– En Nando, solo hay una mujer de color con ese nombre y se encuentra en esta casa –respondió con una sonrisa en los labios la gobernanta del lugar.

Eloísa se congratuló de estar en el mismo lugar en que vivía Ivette. Esta bajó las escaleras de tres en tres al saber que su amiga la esperaba en el claustro. Al verla se lanzó a sus brazos. La sonrisa se congeló en el rostro de Eloísa. Sí, aquella era su amiga y, a la vez, no. Entendió al instante lo que había ocurrido en París mientras ella estuvo ausente. Dio un paso atrás, ¡cómo podía ser! Entonces supo, por primera vez, qué era la casa Azul; y quiénes, los habitantes que la regentaban. Aquella no era su Ivette. Escondió sus sentimientos y su verdad para no dañar a su amiga que en aquellos momentos era muy feliz. Ivette la ubicó en la habitación pintada del color luna, que estaba al lado de la suya, la habitación pintada del color felicidad.

         Dos días después, Eloísa se despidió de su amiga. Se encaminó hacia la plaza mayor. Allí le habían dicho que había un taxista que la llevaría a donde quisiera. Caminaba despacio observando la belleza que emanaba de Nando y sintiendo en su cuerpo aquella extraña corriente telúrica que todo lo impregnaba, cuando alguien le chisto. Se volvió y descubrió a una anciana tras una ventana enrejada. Nada más verla supo que aquella anciana se hallaba bajo el mismo influjo que su amiga. ¡Que otras maravillas escondía aquella inusual población!

– Debes ir niña, –le dijo una mujer mayor que pasaba, en ese instante, a su lado–, María, la Sibila, quiere hablar contigo.

En cuanto Eloísa alcanzó la reja, María, le dijo: Ya has llegado. Llevo días esperándote. Debes conocer algunas cosas antes de que te instales en Nando.

– Yo no me voy a quedar en este pueblo. De hecho, busco al taxista para que me lleve a Jaén –anunció resoluta Eloísa.

– No, muchacha, saldrás de Nando en edad muy avanzada y porque no eres del pueblo. No morirás antes de que tus huesos sean centenarios. ¡Escúchame y no me interrumpas! Ya has sentido en tus venas, la energía que recorre el subsuelo de esta tierra. Has de saber que se te ha concedido un don: a partir de ahora podrás dejar en casa dos huesos cualesquiera de tu cuerpo cada día, sin que este se resienta, así realizarás tus asanas con la máxima flexibilidad y rigor, ante tus alumnas. Si te analizas ese dolor afilado y constante, que tienes desde el accidente, desapareció desde que estás en Nando. Así continuarás mientras este lugar te acoja. Yo te auguro que tu sitio está aquí. Darás clases en el Centro Cívico y tu vida será solitaria, sentimentalmente, me refiero, pero feliz. Tu don tiene un secreto y es que jamás debes revelarlo ni mencionarlo a nadie, ni siquiera a tu amiga Ivette y deberás recolocar tus huesos a su lugar nada más terminar las clases del día. Por último, has de saber que gobernarás el centro Cívico. Es un edificio con una gran singularidad. El arquitecto que lo construyó no hizo caso, a los viejos del lugar, y lo edificó en un terreno inestable del pueblo. Como consecuencia el inmueble, a veces tiembla y se alarga a su gusto o se acorta a su criterio. Lo mismo agranda que mengua, pero esto parece que es debido a la humedad del ambiente. Y, ahora, ve al ayuntamiento donde te espera don Francisco, el Trípode.



          – ¡Aquí todo el mundo tiene mote! –Exclamó sorprendida Eloísa.

– Pues sí, muchacha. A don Francisco, según sus amigos y algunas amigas íntimas, su miembro viril casi le hace de tercera pierna.

– ¡Qué barbaridad! En este pueblo todo impresiona.

– Ya te acostumbrarás. Encamínate, Eloísa, la Sinhuesos.

– ¿Cómo? –Se volvió Eloísa, que ya se marchaba hacia el Ayuntamiento, al oír por primera vez su sobrenombre.

– Así te apodarán, querida, por tu enorme flexibilidad. Ahora busca al alcalde.

El alcalde le cedió la casa adosada al Centro Cívico para que se alojase en ella. Según le había mandado María, la Sibila, que hiciese. Según ella, las meditaciones de Eloísa sosegarían al edificio, lo harían más estable y se ajustaría al capricho de su inquilina, que lo regiría con buen criterio y prudencia.

Como le auguró la Sibila, la muchacha se quedó a vivir en Nando. Daba dos clases durante la mañana y dos por la tarde. Las de la tarde eran de relajación y de meditación que calmaron las angustias de muchas nandinas.

Eloísa hizo mucho bien a los habitantes de Nando. Serenó la angustia de muchas mujeres del pueblo y con ello ayudó, de modo indirecto, ya que pocos hombres acudían a sus clases, a la estabilidad emocional de los hombres. El saber milenario que le trasmitiese su maestra años atrás, ahora le servía para moderar la incertidumbre de muchas de sus vecinas, amigas y alumnas. Les expondré un pequeño ejemplo de la eficacia que exhibía la maestra de yoga de Nando:

Un día, llegaron varias mujeres quejándose de la desgracia de ser mujer en un mundo cruel para ellas.

Eloísa les sonrió. La tarde era primaveral y la grata luz aquietaba el habitáculo donde relajaban. Les hablo así:

Amigas mías, os hablaré de Pyari, una campesina del Valle del Indo allá por el 2.350 a. C. Era una mujer viuda y buena, preocupada de su escasa huerta y de poder alimentar a sus dos hijas. Todas las mañanas, caminaba por un sendero angosto enardecido de bellas plantas de flores vistosas. Salvo un pequeño muro de unos cinco metros de longitud por un metro sesenta de alto que albergaba algunas flores esqueléticas y deprimidas. Intuyó nuestra viuda que las flores de la cerca estaban desvalidas, la tierra de la que brotaban sería pobre y las raíces encontraban pocos nutrientes para su sustento y aún más dificultad para toparse con el agua.


Todas las tardes llenaba su odre de agua del río antes de desandar el camino hasta su casa. Al pasar junto a ellas, les cantaba y esparcía el contenido del recipiente sobre el muro. Al frescor del agua, las plantas se reprodujeron sin cesar y pronto todo el muro fue un ensortijado de hojas y flores que se mecían y susurraban al paso de las gentes del lugar. Pyari murió. Las flores, al no sentir su presencia, ni sus caricias, se sintieron, de nuevo, desgraciadas. Ya no se mecían ni susurraban con el viento del atardecer, hasta que otra de las campesinas comprendió su desdicha. Desde ese momento, siempre hubo en el sendero alguien que al atardecer las regaba y nunca más fueron desdichadas...

– Eloísa, nosotras no somos flores que cuidar.

– Ya lo creo que sí. Sois las flores más hermosas de Nando y yo os riego con la sabiduría milenaria para que aún lo seáis más. Confiad las unas en las otras y apoyaros en vuestras desventuras. Buscad el consuelo del amor en los demás y entre vosotras, flores del muro. Y no olvidéis nunca, jamás: que la desgracia es efímera y desaparece, si sabemos mirar más allá de ella.

Pedro, el Ciego, cerró la boca y no dijo nada más sobre Eloísa, la Sinhuesos. Todos la conocían, pero pocos sabían del inmenso influjo que aquella anciana había traído a Nando.

  

Quizás esta narración les haya traído sosiego y sabiduría a ustedes, singulares lectores.

(El Narrador de Nando)

            Final del relato


Juan E. Liébana Cazalla


domingo, 14 de septiembre de 2025

'Nando' (Quinto relato del Universo Nando) - Comentario

        A partir de este momento, el relato titulado: 'Nando' participa en el concurso organizado por IFEJA y la asociación cultural 'Másquecuentos' con el número 129. Como el certamen está abierto a autores que firmen con su nombre real, lo he presentado sin seudónimo, es decir, con el nombre de su autor: 'Juan E. Liébana Cazalla' para que sea reconocible por los lectores.

Podrán encontrar 'Nando' en la página web de 'Másquecuentos', donde se publica actualmente los relatos seleccionados tras una primera fase de evaluación por parte del comité lector del concurso. Espero que el mío les sea de su agrado.

Les invito cordialmente a visitar la página 'Masquecuentos', para leer mi relato y, si les resulta de su gusto, por favor, vótenlo una vez que se pueda hacer. ¡Gracias por su apoyo!


Web ubicación:      Masquecuentos

Datos del relato:    129 Nando 

                                                            Juan E. Liébana Cazalla




jueves, 14 de agosto de 2025

'Sindho' (Cuarto relato del Universo Nando)

Quizás me conozcan, me llamo Octavio, el Tresdedos, y soy el cronista de Nando, obligado a ello por el Narrador de Nando, un dictador omnisciente y prepotente a quien debo obediencia y al que nadie quiere en el pueblo. El Narrador me ha encomendado la tarea de relatar la historia de Pascuala, la Hortelana, guardiana del árbol de la magia. El relato arranca en el instante en que Pascuala, con su único brazo, abraza a María, la Sibila, su amor de senectud, mientras esta se desvanece como agua de escarcha. Cabe mencionar que Pascuala solo conserva su brazo izquierdo, perdió el derecho el día anterior, en el sendero que conduce a las acequias de miel. Sin embargo, no se lamenta. Sabe que pronto le crecerá otro, más joven y vigoroso.

[Ha venido el Narrador de Nando y me borró todo lo que les había escrito sobre el pueblo. Dice, el déspota, que ya hay otros relatos que hablan de las corrientes telúricas que gobiernan Nando y las singularidades que les ocurren a sus habitantes y a todo el término. Que solo les hable de Pascuala, su desgracia y su descubrimiento, sin más aclaraciones. Solo me queda obedecer al Señor de Nando. Al fin y al cabo, yo solo soy un personaje con su voz y nacido de su pluma, continúo por donde lo dejé.] 

Pascuala, desolada, abrazaba el aire gélido con su abrazo, mientras lágrimas de impotencia caían por su rostro. Abatida y sola, con su miembro extendido en una súplica inconsolable pedía a María que la esperase. La acompañaría a dondequiera que fuese. Ni la inmensidad del universo las separaría. Todo fue en vano, María, la Sibila, se desvaneció como bruma de mar. Avanzaba en su camino hacia otro lugar, hacia otra perspectiva que, a su tiempo, todos compartiremos.

Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas como el haz del faro resbala en la oscuridad de la mar. Desesperada, buscó abrigo en la placita de plata donde quizás Inín, el milenario olivo protector de Nando, le revelara qué había ocurrido. Tal vez Olivia, su hija, creada a partir de su cuarta pata, lograse el milagro de llevarla con María. Se postró ante Inín y le imploró que la escuchara. Necesitaba respuestas. Pascuala sabía que el olivo, nutrido por la energía telúrica del subsuelo de Nando, guardaba todas las respuestas. Rogó toda la noche. Al amanecer, a través de la neblina surgió Olivia que se situó junto al tronco de Inín.

– ¡Olivia, perdona mi atrevimiento! María, la Sibila, se ha marchado. ¿Qué harán los nandinos sin ella? Y yo, ¿cómo desterraré esta pena sin nombre, ni extensión?

– Ayer, María emprendió su camino hacia las esferas de eternidad a las que todos estáis llamados –anunció Olivia con un hilo de voz quebrado–. Lo que estaba en espera, despertó. Su yo inmortal, despertó. Estaba extinta, y hoy recorre los senderos de la luz. ¡Tú lo sabías! ¡Eras consciente de su singularidad!

– ¡Olivia, yo también quiero transitar esos mismos caminos en su compañía!

– No, tú eres carne ardiente de Nando. Ese sendero aún no se te ha abierto. Tú cometido pasa por sanar tus heridas y descubrir, a tus vecinos, algo perdido: la ciudad subterránea de Sindho.

– ¿La ciudad subterránea de Sindho? ¡Nunca oí hablar de esa ciudad!

– Una maldición ancestral, obra de un antepasado de María, la Sibila, sellaba el acceso. Ella nació en Nando para romperla. Fuerzas ocultas intentaron impedirlo, pero ayer, sin saberlo, María levantó el velo antes de partir. Su acceso está en tu huerto. Es la sima de la que María te hablaba antes de continuar su camino. La que la llamaba poderosamente…

– Pero, entonces…

– Pascuala, tu destino te espera en Sindho –Olivia se fundió con la niebla matutina.

Más desconcertada incluso que a su llegada, Pascuala reflexionó ante la información. Tras unos instantes de recogimiento ante Inín, el olivo milenario, se dirigió a su huerta. Había tomado una decisión. Penetraría en la sima tal como Olivia le había indicado y comprobaría con sus propios ojos esa ciudad bajo el subsuelo de Nando.

Cuando llegó a su terruño, Pascuala encontró el árbol de la magia tan desolado como ella. Sus hojas estaban descoloridas y caían flácidas a punto de desprenderse. El tronco se había retorcido, como si un estremecimiento marchitase sus arterias de savia, mientras agonizaba. Abrazada a él, Pascuala lloró su desesperación por la pérdida de sus amores: María, la Sibila y el mismo árbol, unidos en una profunda conexión. Se recompuso como pudo y entró en la caseta que le servía de morada. Preparó un zurrón con algo de comida y ropa limpia y se dirigió al pozo. María había dicho: “… El amanecer ha traído un profundo abismo junto al pozo de la huerta. Nació una sima que, si eres capaz y miras, llega al mismo centro del universo. Allí el magma de la negrura profunda se funde con el de las estrellas y reverbera en un lamento agudo, una súplica sin fin.”

Pero junto al pozo no había ninguna sima. Todo estaba como siempre. Sin embargo, un presentimiento le llevó a levantar la mirada hacia la ladera rocosa de su terreno. Allí estaba, la negrura de la oquedad se le antojaba la boca misma de una bestia inmensa. Aquella oscuridad la atraía de modo irresistible. Un gélido aliento emanaba de la desconocida gruta, y un escalofrió recorrió su cuerpo mientras se alejaba de la luz matutina y se adentraba en sus tenebrosas fauces.

Sus ojos se adaptaron a la penumbra, salpicada por el débil fulgor blanco azulado de diminutas incrustaciones en la piedra. El túnel, con una suave pendiente descendente, terminaba abruptamente en un oscuro e infinito abismo.  El miedo la invadió. ¿Qué hacía allí? Aquella senda solo la enfrentaba al miedo y al sufrimiento. El recuerdo de María, como una herida abierta rociada con sal, la quemaba por dentro.  Miró hacia atrás. No podía continuar… cuando la voz de Olivia resonó en su mente:

– ¡Es un acto de fe, criatura!

– Un salto de fe, pero ¿en qué debo creer?

– En ti misma. Avanza sin temor. Si buscas la verdad este es tu camino, este es tu lugar, este es tu destino.

Pascuala vaciló. Un golpe de aire cálido la empujó al abismo sombrío. Despertó aterida, desnuda, sin zurrón para mitigar su hambre. Se encontraba en una pequeña meseta de piedra, bañada por una luz azulada. Enormes peñascos flotaban en el aire, suspendidos sin tocarse. A lo lejos, sobre esas masas rocosas errantes, se alzaban calles y edificios de piedra y mármol, una profusión de formas y colores, Las formaciones rocosas se agitaban de forma caótica, como un carrusel desbocado. En contraste, el conjunto de viviendas irradiaba armonía y belleza.

El miedo la paralizó. Sobre una diminuta plataforma, apenas del tamaño de una habitación, se enfrentaba a un abismo. ¿Cómo alcanzar las otras? No podía volar. Desde aquella altura, se asomó al precipicio y contempló la furia del mar, que la sobrecogió. Sí caía sería su perdición, cuando se sorprendió: su brazo derecho se había regenerado al completo, idéntico al que había perdido días atrás.

– Bienvenida a Sindho, Pascuala –dijo una voz familiar. Olivia se erguía en la plataforma, ambas desnudas.

Pascuala sintió la vergüenza de su desnudez, pero no dijo nada.

– Gracias sean dadas a Inín. ¿Esto es Sindho? –preguntó confundida Pascuala.

– Sí, esta es Sindho, la ciudad esencial. Carece de personajes, de seres. Aquí el Narrador de Nando es menos que bruma. Sindho es el reino de la liberación, de la redención. Es el cosmo del alma, del espíritu, de la energía, o como prefieras llamarlo. Puedes explorarlo libremente, con una excepción: el distrito H. Su acceso está prohibido, nadie accede salvo los que están en camino –sentenció Olivia con severidad.

– En camino… Acaso María, la Sibila, ¿se halla en el distrito H de este enjambre de piedras?

– Te repito: este enjambre de piedras es la ciudad ancestral de Sindho. Y te confirmo que María se encuentra allí, pero te he advertido que el acceso a la zona está restringido.

– Quiero verla. Quiero unirme a ella. Quiero emprender el camino juntas.  

– Nuestra evolución no depende de nuestra voluntad. Cada cual emprende su transformación cuando está preparado y tú aún no lo estás. Tienes una misión que cumplir, olvídate de María.

– Vayamos, necesito verla –sentenció Pascuala terca, exigía el reencuentro con María y no aceptaba una negativa.

– Pascuala, no es tan simple. Primero debes adaptarte. Conocer la casa del espíritu y ser aceptada en Sindho. Te asignaron el distrito V. Iremos allí a ver tu alojamiento.

– ¿Cómo? Yo no puedo volar como tú.

– Claro que sí. Solo decide donde quieres estar y tu deseo se cumplirá. Eres un haz de voluntad y se hará lo que anheles. Toma mi mano.

Al instante, se halló en la plataforma aérea de mayor envergadura. Los edificios, con sus calles entrelazadas, se elevaban unos sobre otros en una ascensión continua que se perdía en la neblina blanca de los cielos. La vergüenza de su desnudez la invadió de nuevo. Para su sorpresa, todos a su alrededor estaban desnudos. Olivia comprendió su turbación y le sonrió. Juntas, se dirigieron al extremo sur del complejo arquitectónico. Pasaron bajo un colosal arco de media luna en mármol rosa.

– Este es el arco de los profetas y conduce al barrio donde viven los que tienen tus facultades. Sin embargo, no son almas en tránsito. Son como tú, esencias dañadas que necesitan la comunión con el universo. Al regresar a Nando se te conocerá como Lucía, la Profeta, un don que mi padre te concederá si lo mereces. De lo contrario, volverás aquí.

– Me iré con María y me gusta mi apodo de la Hortelana

– Las cosas cambiarán cuando regreses a Nando. María no estará y tú cubrirás su falta. Aquí recibirás la sanación y la sabiduría antes de marcharte.

Pascuala sonrió, no estaba de acuerdo con Olivia, pero calló para sí sus pensamientos.

– Bueno es saberlo, pero ¿qué son estas atalayas?

– Son imponentes estructuras de piedra, semejantes a gigantescas aves en vuelo, que albergan viviendas construidas con el mismo material. Estamos sobre una de ellas –sentenció Olivia y continuaron por la calle, hasta que de repente se paró y le dijo–: esta es tu casa. Interactúa con los demás habitantes. Ellos te explicarán todo lo que necesites saber.

Una pajarita traslúcida revoloteó alrededor de Pascuala. Curiosa por la nueva vecina del barrio. Giró varias veces sobre ella y se le unieron otras tres que ascendieron, satisfechas, y se perdieron en el laberinto de calles y edificios. Al volver la vista, Pascuala descubrió que Olivia ya no estaba con ella.

Entró en la casa. Era acogedora, con dos habitaciones: una para dormir durante la noche y otra para estar durante el día. Carecía de cocina, baño y patio. Al parecer, no hacían falta, pero mentalmente se lamentaba de ello cuando las tres habitaciones se hicieron patentes en la casa y aumentaron su amplitud. Pascuala se sorprendió: ¿cómo era posible semejante portento? Reflexionó unos instantes y asintió con la cabeza. Al fin y al cabo, estaban en el mundo de lo inmaterial, de lo etéreo, de lo sobrenatural. Con la misma facilidad con que había materializado las habitaciones, las disipó. Salió a la calle y observó las descascarilladas jambas de la puerta y de la ventana, Deseó que se colorearan de amarillo y al instante, la madera se vistió del color deseado. Satisfecha, regresó al interior, mientras pensaba en el extraordinario descubrimiento que representaba aquel lugar.

Durante semanas vagó por los distintos distritos. Conoció infinidad de personas. Habló y se comunicó con muchas de ellas y comprendió que todos tenían un punto en común: un sufrimiento íntimo, un sentimiento dañado en su interior que jamás se curaría con medicinas o remedios. Captó el quién, el cómo, el para qué y el porqué de sus movimientos en aquella creación tan especial. Estaban en Sindho para alcanzar la sanación emocional, para explorar las heridas más profundas, cotejar sus miedos y aprender a perdonar y a perdonarse. No era un proceso sencillo, ni simple. Largo para algunos, breve para otros. Algunos incluso permanecían allí para siempre. Existían estancias inaccesibles, como las atalayas del oeste, donde, los entes no sufrían ni sanaban, solo descansaban para emprender el camino a otras esferas de existencia. Allí estaba María, la Sibila, origen de su más profundo sufrimiento. A pesar de que nunca la dejaron verla, superó su dependencia y sus carencias.

Llevaba mucho tiempo en aquel lugar y había conocido a mucha gente. Una mañana, deambulando sin rumbo entre las atalayas, llegó a un remoto y anónimo distrito. Nunca antes había estado allí. La atalaya sobresalía en mitad de una pared rocosa que parecía un acantilado. El muro era extenso e inabarcable. Una ancha franja azulada dominaba el acantilado, procedía del infinito y se perdía en el horizonte. Al tocarla, percibió la corriente azul como la fuerza vital que recorría Nando, abrazando a todos sus habitantes. Sus manos se hundieron en aquella veta de leche y miel hasta que desaparecieron en su interior. La abrazó un amor inagotable, una ternura maternal inigualable que emanaba de un abismo sin fin. María se segregó de su esencia, para fundirse en ella. Sus heridas emocionales se abrieron como flores en primavera, mientras experimentaba el sosiego real en su espíritu. Durante semanas, se entregó a la ayuda de esa intensa energía, hasta liberar su alma de su pesada carga. Sabía que María había seguido su camino, pero ahora permanecía en ella para siempre. Había llegado el momento de su regreso a Nando para comunicar a sus vecinos la existencia de esa isla de paz y amor. Temió el regreso. Este pasaba por atravesar con una embarcación aquel mar embravecido y lleno de peligros. Se decía que muchos habían naufragado en sus tempestades o habían sido víctimas de criaturas terroríficas que habitaban sus aguas.

Invocó a Olivia durante días para que la orientase en aquellos tristes momentos, pero la ayuda no llegó. Una mañana soleada, Pascuala se presentó en el embarcadero. Nadie cuidaba de los veloces veleros, poco importaba. En la ensenada, resguardada del viento exterior, navegaban las embarcaciones sin tripulación. Unas partían del embarcadero, otras llegaban guiadas por una fuerza invisible. Parecía una competición náutica perpetua, una regata sin fin. Pascuala no temblaba, pero un profundo desasosiego la invadió ante lo que se avecinaba. Subió a una barca y se aferró a la caña del timón como si fuese su barra de salvación. La pequeña embarcación salió con lentitud de la calma ensenada rumbo a mar abierto. Al cruzar la bocana, un recio viento la sorprendió. El mar se encrespó. 

Impulsado por una fuerza misteriosa, el velero se deslizaba hacia el norte, sin remos ni velas desplegadas. Era como si una mano enorme lo empujara a través de la tempestad. Las olas, gigantescas como molinos, se abalanzaban sobre la nave, inundándola a cada embate. Pascuala, armada con un cubo improvisado, luchaba con desesperación contra el agua que amenazaba con tragarla. Enormes bestias, con varias hileras de dientes afilados, nadaban por debajo de la barca a la espera de la zozobra y de que la presa cayese al mar. Pascuala elevó una súplica a Olivia para que la ayudase en aquel terrible trance y una frase se formó en su pensamiento: “Solo es una prueba de fe”. Pascuala se levantó y gritó enfurecida: “He de regresar”.

El agua desapareció junto con el velero. Estaba a los pies de una abrupta falda que parecía ascender sin fin hasta el infinito. Una insignificante abertura a mitad de la ladera llamó su atención. Apremiada por un instinto imperioso, comenzó a trepar. A cada metro recorrido, su ligereza se desvanecía. Era como si un corsé imperceptible se apretara, capa tras capa, acentuando su opresión. La subida se le hacía cada vez más difícil. ¿Qué era aquello? Al llegar a la gruta, su esencia se había desvanecido por completo, estaba tan oculta como el corazón de una cebolla. Se adentró en la gruta, la veta azulada apareció a su izquierda. Avanzó con cautela, guiada por la débil luz y accedió a un habitáculo más amplio, donde un profundo sueño la embargó.

 ***

     Visitaba a Pedro, el Ciego, en la casa Azul. Antes de desaparecer, el Narrador de Nando nos dejó instrucciones para coordinar nuestra versión sobre un incidente reciente en Nando: la aparición de una misteriosa gruta en la huerta de Pascuala, la Hortelana. Ignorábamos dónde se encontraba ella y el significado de ese túnel en su terreno. Nuestros intentos por acceder a él y desentrañar su secreto habían fracasado. Por otra parte, la casa de María, la Sibila, desde su marcha, cambiaba de vecindario cada cierto tiempo, a su arbitrio. Debíamos hallar la manera de fijarla a un barrio, preferiblemente en el casco antiguo, su ubicación original.

Eran las siete de la tarde. Pedro, el Ciego, el fabulador de la Casa Azul, se retiraba a su habitual recogimiento en el claustro antes del bullicio nocturno del mesón. Pedro me invitó a pasar al patio donde se ubicaba el claustro. Allí hablaríamos tranquilos sin que nadie nos molestase. Al llegar vimos a Quilia, la Inca, inclinada sobre una persona tendida en la hierba. Ambos nos acercamos, sorprendidos.

– Pero si es Pascuala, la Hortelana, ¿qué hace ahí tumbada? –interrogué suspicaz.

– No lo sé, Octavio. Creía que Pascuala había desaparecido –anunció Pedro, el Ciego.

– ¡Silencio! –interrumpió Quilia, mientras trataba de reanimar a Lucía–. Esta no es Pascuala. Es Lucía, la Profeta, la futura Sibila de Nando.

– Pues se le parece a Pascuala como dos gotas de agua –replicó Pedro cuya ceguera no le impedía reconocer los rostros que estuvieran frente a él.

– ¡No seas bobo! Es Pascuala, pero a partir de hoy la conoceremos en Nando como Lucía, la Profeta.

Impactado por la belicosidad de Quilia, la cocinera de la casa Azul y ex hechicera de Supay, Pedro asintió. Ella sabía de estas cosas.

– En cuanto recobre el conocimiento y se recupere, ella misma nos explicará el significado de la gruta de su huerta. Abaníquenla con esta hoja de ficus, mientras voy por agua al pozo para refrescarla.

Esa tarde, tras su recuperación, Lucía relató en el mesón de la casa Azul su aventura en Sindho, la ciudad pérdida del subsuelo de Nando, y lo que significaba aquella vía subterránea descubierta en su propiedad.

  

 

Esto es lo que conocen los nandinos, pero ignoran lo que sucedió esa madrugada. Mientras todos dormían, Lucía se sentó junto a Inín, el olivo milenario, y lloró por las numerosas y profundas heridas emocionales de Nando y sus habitantes. Tras su llanto, Olivia se hizo presente, tomó una de las gotas de rocío más ocultas de Inín, que germinaban lentamente, la elevó alto sobre la cabeza de Lucía y sopló con fuerza. Una pequeña vaina azulada ascendió en la noche y estalló como una pompa de jabón, rociando a la profetisa con su contenido. 

Lo primero que plateó fue su pelo pelirrojo y ondulado, luego su cara, sus hombros, su brazo izquierdo y, finalmente, todo su cuerpo, excepto el brazo derecho,obtenido mediante un hechizo de corriente telúrica subterránea. No era necesario bañarlo con la misma savia. Lucía cambió. Su mente y su personaje se expandieron, transformándola en la nueva Sibila de Nando. Inín, la piedra angular de Nando, confirió a Lucía, la Profeta, un don único: la visión del pasado y el futuro de todos los habitantes de la población y su término, fueran nativos o no. Este poder se manifestó en un halo plateado que se anudó a su cabello, símbolo de su autoridad, y que permaneció allí mientras vivió. Desde entonces, Lucía dedicó su vida a ayudar a los habitantes de Nando.

(Nota de Narrador de Nando)

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(*) Nando es un pueblo rural y ficticio de la campiña giennense, con una población que oscila entre los cuatro mil quinientos y seis mil habitantes, a cuarenta o cincuenta minutos de la capital de la provincia. Su población es eminentemente agrícola y vive de sus olivares, muchos de ellos centenarios y uno milenario, y algunas huertas cuyos productos sirven para el consumo interno de sus habitantes.


Fin del relato

Juan E. Liébana Cazalla