jueves, 14 de agosto de 2025

'Sindho' (Cuarto relato del Universo Nando)

Quizás me conozcan, me llamo Octavio, el Tresdedos, y soy el cronista de Nando, obligado a ello por el Narrador de Nando, un dictador omnisciente y prepotente a quien debo obediencia y al que nadie quiere en el pueblo. El Narrador me ha encomendado la tarea de relatar la historia de Pascuala, la Hortelana, guardiana del árbol de la magia. El relato arranca en el instante en que Pascuala, con su único brazo, abraza a María, la Sibila, su amor de senectud, mientras esta se desvanece como agua de escarcha. Cabe mencionar que Pascuala solo conserva su brazo izquierdo, perdió el derecho el día anterior, en el sendero que conduce a las acequias de miel. Sin embargo, no se lamenta. Sabe que pronto le crecerá otro, más joven y vigoroso.

[Ha venido el Narrador de Nando y me borró todo lo que les había escrito sobre el pueblo. Dice, el déspota, que ya hay otros relatos que hablan de las corrientes telúricas que gobiernan Nando y las singularidades que les ocurren a sus habitantes y a todo el término. Que solo les hable de Pascuala, su desgracia y su descubrimiento, sin más aclaraciones. Solo me queda obedecer al Señor de Nando. Al fin y al cabo, yo solo soy un personaje con su voz y nacido de su pluma, continúo por donde lo dejé.] 

Pascuala, desolada, abrazaba el aire gélido con su abrazo, mientras lágrimas de impotencia caían por su rostro. Abatida y sola, con su miembro extendido en una súplica inconsolable pedía a María que la esperase. La acompañaría a dondequiera que fuese. Ni la inmensidad del universo las separaría. Todo fue en vano, María, la Sibila, se desvaneció como bruma de mar. Avanzaba en su camino hacia otro lugar, hacia otra perspectiva que, a su tiempo, todos compartiremos.

Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas como el haz del faro resbala en la oscuridad de la mar. Desesperada, buscó abrigo en la placita de plata donde quizás Inín, el milenario olivo protector de Nando, le revelara qué había ocurrido. Tal vez Olivia, su hija, creada a partir de su cuarta pata, lograse el milagro de llevarla con María. Se postró ante Inín y le imploró que la escuchara. Necesitaba respuestas. Pascuala sabía que el olivo, nutrido por la energía telúrica del subsuelo de Nando, guardaba todas las respuestas. Rogó toda la noche. Al amanecer, a través de la neblina surgió Olivia que se situó junto al tronco de Inín.

– ¡Olivia, perdona mi atrevimiento! María, la Sibila, se ha marchado. ¿Qué harán los nandinos sin ella? Y yo, ¿cómo desterraré esta pena sin nombre, ni extensión?

– Ayer, María emprendió su camino hacia las esferas de eternidad a las que todos estáis llamados –anunció Olivia con un hilo de voz quebrado–. Lo que estaba en espera, despertó. Su yo inmortal, despertó. Estaba extinta, y hoy recorre los senderos de la luz. ¡Tú lo sabías! ¡Eras consciente de su singularidad!

– ¡Olivia, yo también quiero transitar esos mismos caminos en su compañía!

– No, tú eres carne ardiente de Nando. Ese sendero aún no se te ha abierto. Tú cometido pasa por sanar tus heridas y descubrir, a tus vecinos, algo perdido: la ciudad subterránea de Sindho.

– ¿La ciudad subterránea de Sindho? ¡Nunca oí hablar de esa ciudad!

– Una maldición ancestral, obra de un antepasado de María, la Sibila, sellaba el acceso. Ella nació en Nando para romperla. Fuerzas ocultas intentaron impedirlo, pero ayer, sin saberlo, María levantó el velo antes de partir. Su acceso está en tu huerto. Es la sima de la que María te hablaba antes de continuar su camino. La que la llamaba poderosamente…

– Pero, entonces…

– Pascuala, tu destino te espera en Sindho –Olivia se fundió con la niebla matutina.

Más desconcertada incluso que a su llegada, Pascuala reflexionó ante la información. Tras unos instantes de recogimiento ante Inín, el olivo milenario, se dirigió a su huerta. Había tomado una decisión. Penetraría en la sima tal como Olivia le había indicado y comprobaría con sus propios ojos esa ciudad bajo el subsuelo de Nando.

Cuando llegó a su terruño, Pascuala encontró el árbol de la magia tan desolado como ella. Sus hojas estaban descoloridas y caían flácidas a punto de desprenderse. El tronco se había retorcido, como si un estremecimiento marchitase sus arterias de savia, mientras agonizaba. Abrazada a él, Pascuala lloró su desesperación por la pérdida de sus amores: María, la Sibila y el mismo árbol, unidos en una profunda conexión. Se recompuso como pudo y entró en la caseta que le servía de morada. Preparó un zurrón con algo de comida y ropa limpia y se dirigió al pozo. María había dicho: “… El amanecer ha traído un profundo abismo junto al pozo de la huerta. Nació una sima que, si eres capaz y miras, llega al mismo centro del universo. Allí el magma de la negrura profunda se funde con el de las estrellas y reverbera en un lamento agudo, una súplica sin fin.”

Pero junto al pozo no había ninguna sima. Todo estaba como siempre. Sin embargo, un presentimiento le llevó a levantar la mirada hacia la ladera rocosa de su terreno. Allí estaba, la negrura de la oquedad se le antojaba la boca misma de una bestia inmensa. Aquella oscuridad la atraía de modo irresistible. Un gélido aliento emanaba de la desconocida gruta, y un escalofrió recorrió su cuerpo mientras se alejaba de la luz matutina y se adentraba en sus tenebrosas fauces.

Sus ojos se adaptaron a la penumbra, salpicada por el débil fulgor blanco azulado de diminutas incrustaciones en la piedra. El túnel, con una suave pendiente descendente, terminaba abruptamente en un oscuro e infinito abismo.  El miedo la invadió. ¿Qué hacía allí? Aquella senda solo la enfrentaba al miedo y al sufrimiento. El recuerdo de María, como una herida abierta rociada con sal, la quemaba por dentro.  Miró hacia atrás. No podía continuar… cuando la voz de Olivia resonó en su mente:

– ¡Es un acto de fe, criatura!

– Un salto de fe, pero ¿en qué debo creer?

– En ti misma. Avanza sin temor. Si buscas la verdad este es tu camino, este es tu lugar, este es tu destino.

Pascuala vaciló. Un golpe de aire cálido la empujó al abismo sombrío. Despertó aterida, desnuda, sin zurrón para mitigar su hambre. Se encontraba en una pequeña meseta de piedra, bañada por una luz azulada. Enormes peñascos flotaban en el aire, suspendidos sin tocarse. A lo lejos, sobre esas masas rocosas errantes, se alzaban calles y edificios de piedra y mármol, una profusión de formas y colores, Las formaciones rocosas se agitaban de forma caótica, como un carrusel desbocado. En contraste, el conjunto de viviendas irradiaba armonía y belleza.

El miedo la paralizó. Sobre una diminuta plataforma, apenas del tamaño de una habitación, se enfrentaba a un abismo. ¿Cómo alcanzar las otras? No podía volar. Desde aquella altura, se asomó al precipicio y contempló la furia del mar, que la sobrecogió. Sí caía sería su perdición, cuando se sorprendió: su brazo derecho se había regenerado al completo, idéntico al que había perdido días atrás.

– Bienvenida a Sindho, Pascuala –dijo una voz familiar. Olivia se erguía en la plataforma, ambas desnudas.

Pascuala sintió la vergüenza de su desnudez, pero no dijo nada.

– Gracias sean dadas a Inín. ¿Esto es Sindho? –preguntó confundida Pascuala.

– Sí, esta es Sindho, la ciudad esencial. Carece de personajes, de seres. Aquí el Narrador de Nando es menos que bruma. Sindho es el reino de la liberación, de la redención. Es el cosmo del alma, del espíritu, de la energía, o como prefieras llamarlo. Puedes explorarlo libremente, con una excepción: el distrito H. Su acceso está prohibido, nadie accede salvo los que están en camino –sentenció Olivia con severidad.

– En camino… Acaso María, la Sibila, ¿se halla en el distrito H de este enjambre de piedras?

– Te repito: este enjambre de piedras es la ciudad ancestral de Sindho. Y te confirmo que María se encuentra allí, pero te he advertido que el acceso a la zona está restringido.

– Quiero verla. Quiero unirme a ella. Quiero emprender el camino juntas.  

– Nuestra evolución no depende de nuestra voluntad. Cada cual emprende su transformación cuando está preparado y tú aún no lo estás. Tienes una misión que cumplir, olvídate de María.

– Vayamos, necesito verla –sentenció Pascuala terca, exigía el reencuentro con María y no aceptaba una negativa.

– Pascuala, no es tan simple. Primero debes adaptarte. Conocer la casa del espíritu y ser aceptada en Sindho. Te asignaron el distrito V. Iremos allí a ver tu alojamiento.

– ¿Cómo? Yo no puedo volar como tú.

– Claro que sí. Solo decide donde quieres estar y tu deseo se cumplirá. Eres un haz de voluntad y se hará lo que anheles. Toma mi mano.

Al instante, se halló en la plataforma aérea de mayor envergadura. Los edificios, con sus calles entrelazadas, se elevaban unos sobre otros en una ascensión continua que se perdía en la neblina blanca de los cielos. La vergüenza de su desnudez la invadió de nuevo. Para su sorpresa, todos a su alrededor estaban desnudos. Olivia comprendió su turbación y le sonrió. Juntas, se dirigieron al extremo sur del complejo arquitectónico. Pasaron bajo un colosal arco de media luna en mármol rosa.

– Este es el arco de los profetas y conduce al barrio donde viven los que tienen tus facultades. Sin embargo, no son almas en tránsito. Son como tú, esencias dañadas que necesitan la comunión con el universo. Al regresar a Nando se te conocerá como Lucía, la Profeta, un don que mi padre te concederá si lo mereces. De lo contrario, volverás aquí.

– Me iré con María y me gusta mi apodo de la Hortelana

– Las cosas cambiarán cuando regreses a Nando. María no estará y tú cubrirás su falta. Aquí recibirás la sanación y la sabiduría antes de marcharte.

Pascuala sonrió, no estaba de acuerdo con Olivia, pero calló para sí sus pensamientos.

– Bueno es saberlo, pero ¿qué son estas atalayas?

– Son imponentes estructuras de piedra, semejantes a gigantescas aves en vuelo, que albergan viviendas construidas con el mismo material. Estamos sobre una de ellas –sentenció Olivia y continuaron por la calle, hasta que de repente se paró y le dijo–: esta es tu casa. Interactúa con los demás habitantes. Ellos te explicarán todo lo que necesites saber.

Una pajarita traslúcida revoloteó alrededor de Pascuala. Curiosa por la nueva vecina del barrio. Giró varias veces sobre ella y se le unieron otras tres que ascendieron, satisfechas, y se perdieron en el laberinto de calles y edificios. Al volver la vista, Pascuala descubrió que Olivia ya no estaba con ella.

Entró en la casa. Era acogedora, con dos habitaciones: una para dormir durante la noche y otra para estar durante el día. Carecía de cocina, baño y patio. Al parecer, no hacían falta, pero mentalmente se lamentaba de ello cuando las tres habitaciones se hicieron patentes en la casa y aumentaron su amplitud. Pascuala se sorprendió: ¿cómo era posible semejante portento? Reflexionó unos instantes y asintió con la cabeza. Al fin y al cabo, estaban en el mundo de lo inmaterial, de lo etéreo, de lo sobrenatural. Con la misma facilidad con que había materializado las habitaciones, las disipó. Salió a la calle y observó las descascarilladas jambas de la puerta y de la ventana, Deseó que se colorearan de amarillo y al instante, la madera se vistió del color deseado. Satisfecha, regresó al interior, mientras pensaba en el extraordinario descubrimiento que representaba aquel lugar.

Durante semanas vagó por los distintos distritos. Conoció infinidad de personas. Habló y se comunicó con muchas de ellas y comprendió que todos tenían un punto en común: un sufrimiento íntimo, un sentimiento dañado en su interior que jamás se curaría con medicinas o remedios. Captó el quién, el cómo, el para qué y el porqué de sus movimientos en aquella creación tan especial. Estaban en Sindho para alcanzar la sanación emocional, para explorar las heridas más profundas, cotejar sus miedos y aprender a perdonar y a perdonarse. No era un proceso sencillo, ni simple. Largo para algunos, breve para otros. Algunos incluso permanecían allí para siempre. Existían estancias inaccesibles, como las atalayas del oeste, donde, los entes no sufrían ni sanaban, solo descansaban para emprender el camino a otras esferas de existencia. Allí estaba María, la Sibila, origen de su más profundo sufrimiento. A pesar de que nunca la dejaron verla, superó su dependencia y sus carencias.

Llevaba mucho tiempo en aquel lugar y había conocido a mucha gente. Una mañana, deambulando sin rumbo entre las atalayas, llegó a un remoto y anónimo distrito. Nunca antes había estado allí. La atalaya sobresalía en mitad de una pared rocosa que parecía un acantilado. El muro era extenso e inabarcable. Una ancha franja azulada dominaba el acantilado, procedía del infinito y se perdía en el horizonte. Al tocarla, percibió la corriente azul como la fuerza vital que recorría Nando, abrazando a todos sus habitantes. Sus manos se hundieron en aquella veta de leche y miel hasta que desaparecieron en su interior. La abrazó un amor inagotable, una ternura maternal inigualable que emanaba de un abismo sin fin. María se segregó de su esencia, para fundirse en ella. Sus heridas emocionales se abrieron como flores en primavera, mientras experimentaba el sosiego real en su espíritu. Durante semanas, se entregó a la ayuda de esa intensa energía, hasta liberar su alma de su pesada carga. Sabía que María había seguido su camino, pero ahora permanecía en ella para siempre. Había llegado el momento de su regreso a Nando para comunicar a sus vecinos la existencia de esa isla de paz y amor. Temió el regreso. Este pasaba por atravesar con una embarcación aquel mar embravecido y lleno de peligros. Se decía que muchos habían naufragado en sus tempestades o habían sido víctimas de criaturas terroríficas que habitaban sus aguas.

Invocó a Olivia durante días para que la orientase en aquellos tristes momentos, pero la ayuda no llegó. Una mañana soleada, Pascuala se presentó en el embarcadero. Nadie cuidaba de los veloces veleros, poco importaba. En la ensenada, resguardada del viento exterior, navegaban las embarcaciones sin tripulación. Unas partían del embarcadero, otras llegaban guiadas por una fuerza invisible. Parecía una competición náutica perpetua, una regata sin fin. Pascuala no temblaba, pero un profundo desasosiego la invadió ante lo que se avecinaba. Subió a una barca y se aferró a la caña del timón como si fuese su barra de salvación. La pequeña embarcación salió con lentitud de la calma ensenada rumbo a mar abierto. Al cruzar la bocana, un recio viento la sorprendió. El mar se encrespó. 

Impulsado por una fuerza misteriosa, el velero se deslizaba hacia el norte, sin remos ni velas desplegadas. Era como si una mano enorme lo empujara a través de la tempestad. Las olas, gigantescas como molinos, se abalanzaban sobre la nave, inundándola a cada embate. Pascuala, armada con un cubo improvisado, luchaba con desesperación contra el agua que amenazaba con tragarla. Enormes bestias, con varias hileras de dientes afilados, nadaban por debajo de la barca a la espera de la zozobra y de que la presa cayese al mar. Pascuala elevó una súplica a Olivia para que la ayudase en aquel terrible trance y una frase se formó en su pensamiento: “Solo es una prueba de fe”. Pascuala se levantó y gritó enfurecida: “He de regresar”.

El agua desapareció junto con el velero. Estaba a los pies de una abrupta falda que parecía ascender sin fin hasta el infinito. Una insignificante abertura a mitad de la ladera llamó su atención. Apremiada por un instinto imperioso, comenzó a trepar. A cada metro recorrido, su ligereza se desvanecía. Era como si un corsé imperceptible se apretara, capa tras capa, acentuando su opresión. La subida se le hacía cada vez más difícil. ¿Qué era aquello? Al llegar a la gruta, su esencia se había desvanecido por completo, estaba tan oculta como el corazón de una cebolla. Se adentró en la gruta, la veta azulada apareció a su izquierda. Avanzó con cautela, guiada por la débil luz y accedió a un habitáculo más amplio, donde un profundo sueño la embargó.

 ***

     Visitaba a Pedro, el Ciego, en la casa Azul. Antes de desaparecer, el Narrador de Nando nos dejó instrucciones para coordinar nuestra versión sobre un incidente reciente en Nando: la aparición de una misteriosa gruta en la huerta de Pascuala, la Hortelana. Ignorábamos dónde se encontraba ella y el significado de ese túnel en su terreno. Nuestros intentos por acceder a él y desentrañar su secreto habían fracasado. Por otra parte, la casa de María, la Sibila, desde su marcha, cambiaba de vecindario cada cierto tiempo, a su arbitrio. Debíamos hallar la manera de fijarla a un barrio, preferiblemente en el casco antiguo, su ubicación original.

Eran las siete de la tarde. Pedro, el Ciego, el fabulador de la Casa Azul, se retiraba a su habitual recogimiento en el claustro antes del bullicio nocturno del mesón. Pedro me invitó a pasar al patio donde se ubicaba el claustro. Allí hablaríamos tranquilos sin que nadie nos molestase. Al llegar vimos a Quilia, la Inca, inclinada sobre una persona tendida en la hierba. Ambos nos acercamos, sorprendidos.

– Pero si es Pascuala, la Hortelana, ¿qué hace ahí tumbada? –interrogué suspicaz.

– No lo sé, Octavio. Creía que Pascuala había desaparecido –anunció Pedro, el Ciego.

– ¡Silencio! –interrumpió Quilia, mientras trataba de reanimar a Lucía–. Esta no es Pascuala. Es Lucía, la Profeta, la futura Sibila de Nando.

– Pues se le parece a Pascuala como dos gotas de agua –replicó Pedro cuya ceguera no le impedía reconocer los rostros que estuvieran frente a él.

– ¡No seas bobo! Es Pascuala, pero a partir de hoy la conoceremos en Nando como Lucía, la Profeta.

Impactado por la belicosidad de Quilia, la cocinera de la casa Azul y ex hechicera de Supay, Pedro asintió. Ella sabía de estas cosas.

– En cuanto recobre el conocimiento y se recupere, ella misma nos explicará el significado de la gruta de su huerta. Abaníquenla con esta hoja de ficus, mientras voy por agua al pozo para refrescarla.

Esa tarde, tras su recuperación, Lucía relató en el mesón de la casa Azul su aventura en Sindho, la ciudad pérdida del subsuelo de Nando, y lo que significaba aquella vía subterránea descubierta en su propiedad.

  

 

Esto es lo que conocen los nandinos, pero ignoran lo que sucedió esa madrugada. Mientras todos dormían, Lucía se sentó junto a Inín, el olivo milenario, y lloró por las numerosas y profundas heridas emocionales de Nando y sus habitantes. Tras su llanto, Olivia se hizo presente, tomó una de las gotas de rocío más ocultas de Inín, que germinaban lentamente, la elevó alto sobre la cabeza de Lucía y sopló con fuerza. Una pequeña vaina azulada ascendió en la noche y estalló como una pompa de jabón, rociando a la profetisa con su contenido. 

Lo primero que plateó fue su pelo pelirrojo y ondulado, luego su cara, sus hombros, su brazo izquierdo y, finalmente, todo su cuerpo, excepto el brazo derecho,obtenido mediante un hechizo de corriente telúrica subterránea. No era necesario bañarlo con la misma savia. Lucía cambió. Su mente y su personaje se expandieron, transformándola en la nueva Sibila de Nando. Inín, la piedra angular de Nando, confirió a Lucía, la Profeta, un don único: la visión del pasado y el futuro de todos los habitantes de la población y su término, fueran nativos o no. Este poder se manifestó en un halo plateado que se anudó a su cabello, símbolo de su autoridad, y que permaneció allí mientras vivió. Desde entonces, Lucía dedicó su vida a ayudar a los habitantes de Nando.

(Nota de Narrador de Nando)

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(*) Nando es un pueblo rural y ficticio de la campiña giennense, con una población que oscila entre los cuatro mil quinientos y seis mil habitantes, a cuarenta o cincuenta minutos de la capital de la provincia. Su población es eminentemente agrícola y vive de sus olivares, muchos de ellos centenarios y uno milenario, y algunas huertas cuyos productos sirven para el consumo interno de sus habitantes.


Fin del relato

Juan E. Liébana Cazalla


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