Quizás me conozcan, me llamo Octavio, el
Tresdedos, y soy el cronista de Nando, obligado a ello por el
Narrador de Nando, un dictador omnisciente y prepotente a quien debo obediencia
y al que nadie quiere en el pueblo. El Narrador me ha encomendado la tarea de
relatar la historia de Pascuala, la Hortelana, guardiana del árbol de la
magia. El relato arranca en el instante en que Pascuala, con su único brazo,
abraza a María, la Sibila, su amor de senectud, mientras esta se
desvanece como agua de escarcha. Cabe mencionar que Pascuala solo conserva su
brazo izquierdo, perdió el derecho el día anterior, en el sendero que conduce a
las acequias de miel. Sin embargo, no se lamenta. Sabe que pronto le crecerá
otro, más joven y vigoroso.
[Ha venido el Narrador de Nando y me borró todo lo que les había escrito sobre el pueblo. Dice, el déspota, que ya hay otros relatos que hablan de las corrientes telúricas que gobiernan Nando y las singularidades que les ocurren a sus habitantes y a todo el término. Que solo les hable de Pascuala, su desgracia y su descubrimiento, sin más aclaraciones. Solo me queda obedecer al Señor de Nando. Al fin y al cabo, yo solo soy un personaje con su voz y nacido de su pluma, continúo por donde lo dejé.]
Pascuala, desolada, abrazaba el aire
gélido con su abrazo, mientras lágrimas de impotencia caían por su rostro. Abatida
y sola, con su miembro extendido en una súplica inconsolable pedía a María que
la esperase. La acompañaría a dondequiera que fuese. Ni la inmensidad del
universo las separaría. Todo fue en vano, María, la Sibila, se desvaneció
como bruma de mar. Avanzaba en su camino hacia otro lugar, hacia otra
perspectiva que, a su tiempo, todos compartiremos.
– ¡Olivia, perdona mi atrevimiento! María,
la Sibila, se ha marchado. ¿Qué harán los nandinos sin ella? Y yo, ¿cómo
desterraré esta pena sin nombre, ni extensión?
– Ayer, María emprendió su camino hacia
las esferas de eternidad a las que todos estáis llamados –anunció Olivia con un
hilo de voz quebrado–. Lo que estaba en espera, despertó. Su yo inmortal,
despertó. Estaba extinta, y hoy recorre los senderos de la luz. ¡Tú lo sabías!
¡Eras consciente de su singularidad!
– ¡Olivia, yo también quiero transitar
esos mismos caminos en su compañía!
– No, tú eres carne ardiente de Nando. Ese
sendero aún no se te ha abierto. Tú cometido pasa por sanar tus heridas y descubrir,
a tus vecinos, algo perdido: la ciudad subterránea de Sindho.
– ¿La ciudad subterránea de Sindho? ¡Nunca
oí hablar de esa ciudad!
– Una maldición ancestral, obra de un
antepasado de María, la Sibila, sellaba el acceso. Ella nació en Nando
para romperla. Fuerzas ocultas intentaron impedirlo, pero ayer, sin saberlo,
María levantó el velo antes de partir. Su acceso está en tu huerto. Es la sima
de la que María te hablaba antes de continuar su camino. La que la llamaba
poderosamente…
– Pero, entonces…
– Pascuala, tu destino te espera en Sindho
–Olivia se fundió con la niebla matutina.
Más desconcertada incluso que a su
llegada, Pascuala reflexionó ante la información. Tras unos instantes de
recogimiento ante Inín, el olivo milenario, se dirigió a su huerta. Había
tomado una decisión. Penetraría en la sima tal como Olivia le había indicado y
comprobaría con sus propios ojos esa ciudad bajo el subsuelo de Nando.
Cuando llegó a su terruño, Pascuala
encontró el árbol de la magia tan desolado como ella. Sus hojas estaban
descoloridas y caían flácidas a punto de desprenderse. El tronco se había
retorcido, como si un estremecimiento marchitase sus arterias de savia,
mientras agonizaba. Abrazada a él, Pascuala lloró su desesperación por la pérdida
de sus amores: María, la Sibila y el mismo árbol, unidos en una profunda
conexión. Se recompuso como pudo y entró en la caseta que le servía de morada.
Preparó un zurrón con algo de comida y ropa limpia y se dirigió al pozo. María
había dicho: “… El amanecer ha traído un profundo abismo junto al pozo de la
huerta. Nació una sima que, si eres capaz y miras, llega al mismo centro del
universo. Allí el magma de la negrura profunda se funde con el de las estrellas
y reverbera en un lamento agudo, una súplica sin fin.”
Pero junto al pozo no había ninguna sima.
Todo estaba como siempre. Sin embargo, un presentimiento le llevó a levantar la
mirada hacia la ladera rocosa de su terreno. Allí estaba, la negrura de la oquedad
se le antojaba la boca misma de una bestia inmensa. Aquella oscuridad la atraía
de modo irresistible. Un gélido aliento emanaba de la desconocida gruta, y un
escalofrió recorrió su cuerpo mientras se alejaba de la luz matutina y se
adentraba en sus tenebrosas fauces.
Sus ojos se adaptaron a la penumbra,
salpicada por el débil fulgor blanco azulado de diminutas incrustaciones en la
piedra. El túnel, con una suave pendiente descendente, terminaba abruptamente
en un oscuro e infinito abismo. El miedo
la invadió. ¿Qué hacía allí? Aquella senda solo la enfrentaba al miedo y al
sufrimiento. El recuerdo de María, como una herida abierta rociada con sal, la
quemaba por dentro. Miró hacia atrás. No
podía continuar… cuando la voz de Olivia resonó en su mente:
– ¡Es un acto de fe, criatura!
– Un salto de fe, pero ¿en qué debo creer?
– En ti misma. Avanza sin temor. Si buscas
la verdad este es tu camino, este es tu lugar, este es tu destino.
Pascuala vaciló. Un golpe de aire cálido la
empujó al abismo sombrío. Despertó aterida, desnuda, sin zurrón para mitigar su
hambre. Se encontraba en una pequeña meseta de piedra, bañada por una luz
azulada. Enormes peñascos flotaban en el aire, suspendidos sin tocarse. A lo
lejos, sobre esas masas rocosas errantes, se alzaban calles y edificios de
piedra y mármol, una profusión de formas y colores, Las formaciones rocosas se
agitaban de forma caótica, como un carrusel desbocado. En contraste, el
conjunto de viviendas irradiaba armonía y belleza.
El miedo la paralizó. Sobre una diminuta
plataforma, apenas del tamaño de una habitación, se enfrentaba a un abismo. ¿Cómo
alcanzar las otras? No podía volar. Desde aquella altura, se asomó al
precipicio y contempló la furia del mar, que la sobrecogió. Sí caía sería su
perdición, cuando se sorprendió: su brazo derecho se había regenerado al
completo, idéntico al que había perdido días atrás.
– Bienvenida a Sindho, Pascuala –dijo una
voz familiar. Olivia se erguía en la plataforma, ambas desnudas.
Pascuala sintió la vergüenza de su
desnudez, pero no dijo nada.
– Gracias sean dadas a Inín. ¿Esto es
Sindho? –preguntó confundida Pascuala.
– Sí, esta es Sindho, la ciudad esencial. Carece
de personajes, de seres. Aquí el Narrador de Nando es menos que bruma. Sindho
es el reino de la liberación, de la redención. Es el cosmo del alma, del
espíritu, de la energía, o como prefieras llamarlo. Puedes explorarlo
libremente, con una excepción: el distrito H. Su acceso está prohibido, nadie
accede salvo los que están en camino –sentenció Olivia con severidad.
– En camino… Acaso María, la Sibila,
¿se halla en el distrito H de este enjambre de piedras?
– Te repito: este enjambre de piedras es
la ciudad ancestral de Sindho. Y te confirmo que María se encuentra allí, pero
te he advertido que el acceso a la zona está restringido.
– Quiero verla. Quiero unirme a ella. Quiero emprender el camino juntas.
– Nuestra evolución no depende de nuestra voluntad. Cada cual emprende su transformación cuando está preparado y tú aún no lo estás. Tienes una misión que cumplir, olvídate de María.
– Vayamos, necesito verla –sentenció
Pascuala terca, exigía el reencuentro con María y no aceptaba una negativa.
– Pascuala, no es tan simple. Primero
debes adaptarte. Conocer la casa del espíritu y ser aceptada en Sindho. Te
asignaron el distrito V. Iremos allí a ver tu alojamiento.
– ¿Cómo? Yo no puedo volar como tú.
– Claro que sí. Solo decide donde quieres
estar y tu deseo se cumplirá. Eres un haz de voluntad y se hará lo que anheles.
Toma mi mano.
Al instante, se halló en la plataforma
aérea de mayor envergadura. Los edificios, con sus calles entrelazadas, se
elevaban unos sobre otros en una ascensión continua que se perdía en la neblina
blanca de los cielos. La vergüenza de su desnudez la invadió de nuevo. Para su
sorpresa, todos a su alrededor estaban desnudos. Olivia comprendió su turbación
y le sonrió. Juntas, se dirigieron al extremo sur del complejo arquitectónico.
Pasaron bajo un colosal arco de media luna en mármol rosa.
– Este es el arco de los profetas y
conduce al barrio donde viven los que tienen tus facultades. Sin embargo, no
son almas en tránsito. Son como tú, esencias dañadas que necesitan la comunión
con el universo. Al regresar a Nando se te conocerá como Lucía, la Profeta,
un don que mi padre te concederá si lo mereces. De lo contrario, volverás aquí.
– Me iré con María y me gusta mi apodo de la
Hortelana.
– Las cosas cambiarán cuando regreses a
Nando. María no estará y tú cubrirás su falta. Aquí recibirás la sanación y la
sabiduría antes de marcharte.
Pascuala sonrió, no estaba de acuerdo con
Olivia, pero calló para sí sus pensamientos.
– Bueno es saberlo, pero ¿qué son estas atalayas?
– Son imponentes estructuras de piedra,
semejantes a gigantescas aves en vuelo, que albergan viviendas construidas con
el mismo material. Estamos sobre una de ellas –sentenció Olivia y continuaron
por la calle, hasta que de repente se paró y le dijo–: esta es tu casa.
Interactúa con los demás habitantes. Ellos te explicarán todo lo que necesites
saber.
Una pajarita traslúcida revoloteó
alrededor de Pascuala. Curiosa por la nueva vecina del barrio. Giró varias
veces sobre ella y se le unieron otras tres que ascendieron, satisfechas, y se
perdieron en el laberinto de calles y edificios. Al volver la vista, Pascuala
descubrió que Olivia ya no estaba con ella.
Entró en la casa. Era acogedora, con dos
habitaciones: una para dormir durante la noche y otra para estar durante el
día. Carecía de cocina, baño y patio. Al parecer, no hacían falta, pero
mentalmente se lamentaba de ello cuando las tres habitaciones se hicieron
patentes en la casa y aumentaron su amplitud. Pascuala se sorprendió: ¿cómo era
posible semejante portento? Reflexionó unos instantes y asintió con la cabeza.
Al fin y al cabo, estaban en el mundo de lo inmaterial, de lo etéreo, de lo
sobrenatural. Con la misma facilidad con que había materializado las
habitaciones, las disipó. Salió a la calle y observó las descascarilladas jambas
de la puerta y de la ventana, Deseó que se colorearan de amarillo y al
instante, la madera se vistió del color deseado. Satisfecha, regresó al
interior, mientras pensaba en el extraordinario descubrimiento que representaba
aquel lugar.
Durante semanas vagó por los distintos
distritos. Conoció infinidad de personas. Habló y se comunicó con muchas de
ellas y comprendió que todos tenían un punto en común: un sufrimiento íntimo,
un sentimiento dañado en su interior que jamás se curaría con medicinas o
remedios. Captó el quién, el cómo, el para qué y el porqué de sus movimientos
en aquella creación tan especial. Estaban en Sindho para alcanzar la sanación
emocional, para explorar las heridas más profundas, cotejar sus miedos y
aprender a perdonar y a perdonarse. No era un proceso sencillo, ni simple. Largo
para algunos, breve para otros. Algunos incluso permanecían allí para siempre. Existían
estancias inaccesibles, como las atalayas del oeste, donde, los entes no
sufrían ni sanaban, solo descansaban para emprender el camino a otras esferas
de existencia. Allí estaba María, la Sibila, origen de su más profundo
sufrimiento. A pesar de que nunca la dejaron verla, superó su dependencia y sus
carencias.
Llevaba mucho tiempo en aquel lugar y
había conocido a mucha gente. Una mañana, deambulando sin rumbo entre las
atalayas, llegó a un remoto y anónimo distrito. Nunca antes había estado allí.
La atalaya sobresalía en mitad de una pared rocosa que parecía un acantilado.
El muro era extenso e inabarcable. Una ancha franja azulada dominaba el
acantilado, procedía del infinito y se perdía en el horizonte. Al tocarla, percibió
la corriente azul como la fuerza vital que recorría Nando, abrazando a todos
sus habitantes. Sus manos se hundieron en aquella veta de leche y miel hasta
que desaparecieron en su interior. La abrazó un amor inagotable, una ternura
maternal inigualable que emanaba de un abismo sin fin. María se segregó de su
esencia, para fundirse en ella. Sus heridas emocionales se abrieron como flores
en primavera, mientras experimentaba el sosiego real en su espíritu. Durante
semanas, se entregó a la ayuda de esa intensa energía, hasta liberar su alma de
su pesada carga. Sabía que María había seguido su camino, pero ahora permanecía
en ella para siempre. Había llegado el momento de su regreso a Nando para
comunicar a sus vecinos la existencia de esa isla de paz y amor. Temió el
regreso. Este pasaba por atravesar con una embarcación aquel mar embravecido y
lleno de peligros. Se decía que muchos habían naufragado en sus tempestades o
habían sido víctimas de criaturas terroríficas que habitaban sus aguas.
Invocó a Olivia durante días para que la orientase en aquellos tristes momentos, pero la ayuda no llegó. Una mañana soleada, Pascuala se presentó en el embarcadero. Nadie cuidaba de los veloces veleros, poco importaba. En la ensenada, resguardada del viento exterior, navegaban las embarcaciones sin tripulación. Unas partían del embarcadero, otras llegaban guiadas por una fuerza invisible. Parecía una competición náutica perpetua, una regata sin fin. Pascuala no temblaba, pero un profundo desasosiego la invadió ante lo que se avecinaba. Subió a una barca y se aferró a la caña del timón como si fuese su barra de salvación. La pequeña embarcación salió con lentitud de la calma ensenada rumbo a mar abierto. Al cruzar la bocana, un recio viento la sorprendió. El mar se encrespó.
Impulsado por una
fuerza misteriosa, el velero se deslizaba hacia el norte, sin remos ni velas
desplegadas. Era como si una mano enorme lo empujara a través de la tempestad. Las
olas, gigantescas como molinos, se abalanzaban sobre la nave, inundándola a
cada embate. Pascuala, armada con un cubo improvisado, luchaba con
desesperación contra el agua que amenazaba con tragarla. Enormes bestias, con
varias hileras de dientes afilados, nadaban por debajo de la barca a la espera
de la zozobra y de que la presa cayese al mar. Pascuala elevó una súplica a
Olivia para que la ayudase en aquel terrible trance y una frase se formó en su
pensamiento: “Solo es una prueba de fe”. Pascuala se levantó y gritó
enfurecida: “He de regresar”.
El agua desapareció junto con el velero.
Estaba a los pies de una abrupta falda que parecía ascender sin fin hasta el
infinito. Una insignificante abertura a mitad de la ladera llamó su atención. Apremiada
por un instinto imperioso, comenzó a trepar. A cada metro recorrido, su
ligereza se desvanecía. Era como si un corsé imperceptible se apretara, capa
tras capa, acentuando su opresión. La subida se le hacía cada vez más difícil.
¿Qué era aquello? Al llegar a la gruta, su esencia se había desvanecido por
completo, estaba tan oculta como el corazón de una cebolla. Se adentró en la
gruta, la veta azulada apareció a su izquierda. Avanzó con cautela, guiada por
la débil luz y accedió a un habitáculo más amplio, donde un profundo sueño la
embargó.
***
Visitaba a Pedro, el Ciego, en la casa Azul. Antes de desaparecer, el Narrador de Nando nos dejó instrucciones para coordinar nuestra versión sobre un incidente reciente en Nando: la aparición de una misteriosa gruta en la huerta de Pascuala, la Hortelana. Ignorábamos dónde se encontraba ella y el significado de ese túnel en su terreno. Nuestros intentos por acceder a él y desentrañar su secreto habían fracasado. Por otra parte, la casa de María, la Sibila, desde su marcha, cambiaba de vecindario cada cierto tiempo, a su arbitrio. Debíamos hallar la manera de fijarla a un barrio, preferiblemente en el casco antiguo, su ubicación original.
Eran las siete de la tarde. Pedro, el
Ciego, el fabulador de la Casa Azul, se retiraba a su habitual recogimiento en
el claustro antes del bullicio nocturno del mesón. Pedro me invitó a pasar al
patio donde se ubicaba el claustro. Allí hablaríamos tranquilos sin que nadie
nos molestase. Al llegar vimos a Quilia, la Inca, inclinada sobre una
persona tendida en la hierba. Ambos nos acercamos, sorprendidos.
– Pero si es Pascuala, la Hortelana,
¿qué hace ahí tumbada? –interrogué suspicaz.
– No lo sé, Octavio. Creía que Pascuala
había desaparecido –anunció Pedro, el Ciego.
– ¡Silencio! –interrumpió Quilia, mientras
trataba de reanimar a Lucía–. Esta no es Pascuala. Es Lucía, la Profeta,
la futura Sibila de Nando.
– Pues se le parece a Pascuala como dos
gotas de agua –replicó Pedro cuya ceguera no le impedía reconocer los rostros
que estuvieran frente a él.
– ¡No seas bobo! Es Pascuala, pero a
partir de hoy la conoceremos en Nando como Lucía, la Profeta.
Impactado por la belicosidad de Quilia, la
cocinera de la casa Azul y ex hechicera de Supay, Pedro asintió. Ella sabía de
estas cosas.
– En cuanto recobre el conocimiento y se
recupere, ella misma nos explicará el significado de la gruta de su huerta.
Abaníquenla con esta hoja de ficus, mientras voy por agua al pozo para
refrescarla.
Esa tarde, tras su recuperación, Lucía
relató en el mesón de la casa Azul su aventura en Sindho, la ciudad pérdida del
subsuelo de Nando, y lo que significaba aquella vía subterránea descubierta en
su propiedad.
Esto es lo que conocen los nandinos, pero ignoran lo que sucedió esa madrugada. Mientras todos dormían, Lucía se sentó junto a Inín, el olivo milenario, y lloró por las numerosas y profundas heridas emocionales de Nando y sus habitantes. Tras su llanto, Olivia se hizo presente, tomó una de las gotas de rocío más ocultas de Inín, que germinaban lentamente, la elevó alto sobre la cabeza de Lucía y sopló con fuerza. Una pequeña vaina azulada ascendió en la noche y estalló como una pompa de jabón, rociando a la profetisa con su contenido.
Lo primero que plateó fue su pelo pelirrojo y
ondulado, luego su cara, sus hombros, su brazo izquierdo y, finalmente, todo su
cuerpo, excepto el brazo derecho, –obtenido mediante un
hechizo de corriente telúrica subterránea–. No era necesario bañarlo con
la misma savia. Lucía cambió. Su mente y su personaje se expandieron,
transformándola en la nueva Sibila de Nando. Inín, la piedra angular de Nando,
confirió a Lucía, la Profeta, un don único: la visión del pasado y el futuro de
todos los habitantes de la población y su término, fueran nativos o no. Este
poder se manifestó en un halo plateado que se anudó a su cabello, símbolo de su
autoridad, y que permaneció allí mientras vivió. Desde entonces, Lucía dedicó
su vida a ayudar a los habitantes de Nando.
(Nota de Narrador de Nando)
___________________________________
(*) Nando
es un pueblo rural y ficticio de la campiña giennense, con una población que
oscila entre los cuatro mil quinientos y seis mil habitantes, a cuarenta o
cincuenta minutos de la capital de la provincia. Su población es eminentemente
agrícola y vive de sus olivares, muchos de ellos centenarios y uno milenario, y
algunas huertas cuyos productos sirven para el consumo interno de sus
habitantes.
Fin del relato
Juan E. Liébana Cazalla



















