martes, 5 de agosto de 2025

'La casa Azul' (Segundo relato del Universo Nando)

Vivo en casa de mi enemigo. Ana, la Perla, me cuida y me protege de esa mala bestia que es el Narrador de Nando. Sin ella mi desesperación sería total y me hubiese disipado de este mundo cualquier noche de luna roja de las que nos dibuja Marcos, el Trazos. Lo hace con ojos de felino y mano de pluma, en el cielo lapislázuli de Nando, el pueblo en el que habitamos todos los personajes, que no seres, que pululamos por este mundo de ficción. Les advierto que no todos los personajes ni los distintos elementos que componen Nando son lo que aparentan ser. Disculpen, por estos detalles, la mala educación de este energúmeno que es el Narrador de Nando. Él, por desgracia, es así.

El mundo de Nando es creación del autor, a quien nadie conoce. Sí hemos visto alguna vez a su lacayo, al que todos llamamos, el Narrador de Nando o el Señor de Nando. Él es el causante de todo lo que nos acontece y sucede. Es un narrador omnisciente, un narrador-dios, atemporal capaz de interactuar en cualquier tiempo y espacio de la historia del mundo conocido. Manda en todos y al que casi todos detestamos pese a ser sus personajes. Él no respeta nada ni a nadie. Es una entidad diabólica en miniatura, un tirano, un dictador que nos gobierna y nos dirige sin compasión. Nosotros podemos hacer poca cosa salvo obedecerle y aborrecerle, pero, al final, no deja de ser otro desdichado, otro personaje más de este universo de Nando. Si no juzguen ustedes, amigos lectores:

Yo, quien les hablo, me presento –el tirano me otorgó el poder de narrar estos hechos–: mi nombre es Pedro. Pedro, el Ciego, para ser más exactos. Así es como se me conoce en Nando. Tengo setenta y tres años y tres meses y diez días. Con dieciséis años ingresé en el único banco de mi pueblo leones. A los cuarenta había emigrado a la capital y dirigía el banco central de la provincia. Me empoderé. Era un hombre casi rico al que se le subió la grandeza a la cabeza. Una prepotencia mal entendida que me hizo cometer el mayor error de mi vida. Fruto de aquellas ínfulas, presioné a mi esposa, a quien amaba con locura, para que se pusiese a mi nivel. Pero, ¡qué nivel! Estúpido de mí. La obligué a obtener el carnet de circulación, pese a que ella no quería. Le daba miedo conducir. La presioné, para que fuese a centros de belleza, para que exhibiese peinados originales y visitase galerías de tiendas, para que adquiriese los mejores vestidos para nuestros encuentros y reuniones con otras personas. Le exigí que tomase clases de estilo y bien estar para señoras e, incluso, clases de dicción y oratoria, a tal grado llegó mi necedad. Mi mujer tuvo un accidente mortal y falleció, en uno de esos trayectos por la capital, mientras conducía.


El mundo se oscureció para mí. Me sentí culpable. Rayé la locura durante casi diez años y, alguna vez, me interné en los bosques más tenebrosos del delirio. No recuerdo bien aquellos años de zozobra. El caso es que con cincuenta y cinco años desperté de mi sufrimiento, mi vida serpenteaba por un sendero tan tenebroso como los oscuros abismos de los océanos. Era una flor arrancada del jardín que con el paso del tiempo se debilitaba. Me rebelé y decidí afrontar un nuevo camino. Era muy consciente que aquel dolor, por la pérdida de mi mujer, me acompañaría siempre. Mi empleo en el banco lo había perdido durante la vorágine de aquellos últimos años. A mi edad, solo encontré un trabajo como vendedor de seguros y a él me aferré. Todas las mañanas subía a mi automóvil y recorría los pueblos de León para captar algún cliente. Las carreteras por las que discurría, a veces, se semejaban a las de la campiña inglesa. Eran serpientes estrechas y sinuosas, sin apenas arcén. Cuando dos coches nos cruzábamos, aprovechábamos el escaso margen de la carretera al máximo y aun así pasábamos uno al lado del otro casi rozándonos. La angostura de la carretera se compensaba con las espléndidas vistas de los campos y labrantíos que bordeaban el camino. 

El coche avanzaba por un paraje hermoso. La mañana lucía como un cristal que el cristalero hubiese acabado de limpiar. Un azul impoluto brillaba en los cielos y un verde primaveral, lleno de vida, brotaba allá donde la vista alcanzase. Como a unos treinta metros discurría un pequeño río que con las lluvias de las últimas semanas parecía algo más crecido de lo habitual. Sentí la necesidad de acariciar sus aguas. Paré el vehículo y me acerqué hasta su orilla. Caminaba por su ribera cuando sentí una turbación y me vi de repente sentado en mitad del río. Un intenso dolor me recorrió las plantas de los pies y ascendió por las piernas hasta mis rodillas. Tan intenso fue mi sufrimiento que un vahído me alcanzó y perdí el conocimiento. Al despertar me hallaba en el monasterio de San Juan, hoy mal llamado ‘la casa Azul’ de Nando. Un lugar reconvertido por el Narrador de Nando en mesón-bar en su planta baja y hospedaje en su primera planta que era el lugar donde se ubicaban las celdas de los antiguos monjes. La segunda planta es un lugar cerrado para el público, allí se encuentran las cámaras. Solo Quilia, la Inca, que es la cocinera del establecimiento, tiene llaves y acceso a esa planta.


Un antepasado del Señor de Nando era un hombre con ‘cuartos’ y compró el monasterio aprovechando la desamortización de Madoz (1855). Pero no fue hasta la edad adulta del Narrador de Nando que se le dio uso al monasterio situado al oeste del pueblo. Su extensión era importante. No solo albergaba las estancias de los monjes y su patio o claustro con un inmenso pozo en su zona central. Más allá, había una zona cerrada por un muro donde los monjes cultivaban la tierra. Justo al lado de este huerto, se levantaban los diferentes cobertizos donde estaban: pocilga, conejera, gallinero y otras dependencias de animales indispensables para abastecer la hacienda. 

El monasterio, en adelante lo llamaré la casa Azul, que es como actualmente se le reconoce en Nando, es propiedad del Narrador de Nando y lo regenta Ana, la Perla, quien tiene a su cargo a Quilia, la Inca, que ejerce de cocinera e Ivette, la Potra, que se ocupa de las habitaciones y limpieza de todo el local, amén de mi persona, Pedro, el Ciego, el fabulador del mesón. Volviendo a lo que les decía sobre mí, me desperté en una de las camas del hostal. Ivette, la Potra, tenía ese día poco trabajo o poca gana de trabajar y se ocupaba de que yo me recompusiese. Mojaba mi frente con un paño húmedo y sucio. Me incorporé asustado de verme en un lugar cerrado, yo lo último que recordaba era la luz del día sobre mi cabeza y el agua helada en mis piernas. La criada me comunicó donde me hallaba y que el dueño había indicado que no me moviese de la casa. Gruñí, no soportaba que nadie me diese órdenes y me dispuse a marcharme de aquel lugar de inmediato. La sirvienta me advirtió que el propietario del lugar había sido muy tajante con la orden y no permitiría que me marchase. No atendí a su advertencia. Bajé a la planta baja y me encaminé a hacia la libertad. Antes de traspasar el tranquillo de la puerta de la calle, mis pies se negaron a caminar como si dos bloques de cemento me cimentasen al edificio. Al mismo tiempo, sentí como un intenso dolor ascendía por mis pantorrillas. Era como si mis pies se hubiesen fusionado con el pavimento de la casa. Ana, la Perla, llegó justo cuando caía al suelo sobrepasado por la tortura de mis extremidades. El ama me previno al igual que Ivette, la Potra, no podía marcharme del hostal hasta nueva orden del casero y patrón. Este había ordenado que se me alimentase y se me ofreciese, como propia, la habitación color esperanza de la casa Azul. Podía moverme libremente por todas sus dependencias, sobre todo en el mesón donde mi cometido sería entretener a su clientela con pláticas gratificantes.


No escuché ni una palabra de lo que Ana me decía. Mi afán era alejarme de aquel lugar lo antes posible, ¡lo aceptase o no ese Narrador de Nando del carajo! Durante los tres días siguientes intenté huir del hostal de todos los modos posibles, pero en cuanto llegaba a la puerta de la casa, mis pies se mimetizaban con el enlosado de piedra y me era imposible avanzar. Incluso lo intenté arrastrándome con las manos. No llegaba ni al centro de la calle cuando perdía el conocimiento fruto del tremendo esfuerzo que realizaba y el espantoso calvario que martirizaba mis pobres piernas. ¡Estaba atado a la casa Azul! 

El Señor de Nando me castigó por mi obstinación. En mi último intentó de liberarme de aquella opresión, y tras recuperarme de mi desvanecimiento, comprendí que me había quedado ciego. Opté por seguir el consejo de Ana, la Perla, y abandoné los intentos de escapada de la casa. De eso hace más de diecisiete años, hoy tengo setenta y tres años y me he habituado a ser el bufón del mesón. Pero no crean que todo fue malo. El Gran Narrador, el Narrador de la Vida me otorgó un don por aquello que el dueño de la casa Azul me había extirpado. Adquirí la habilidad de sentir, como si viese, cualquier acontecimiento que sucede en Nando y sus huertas y hasta de los campos del término. Asimismo, soy capaz de identificar quien se acerca hasta mí, pese a mi ceguera, y conozco de antemano, hasta el más insignificante de sus secretos. ¡No está nada mal!

Y ahora dejaré de hablarles de mí y me centraré en las personas que viven conmigo. Las tres mujeres que hacen posible que la casa Azul funcionen a la perfección. Los cuatro fuimos raptados y traídos a la fuerza. Comencemos por la más exótica de las tres.

***

Quilia, la Inca, era descendiente de una de las temibles sirvientas de Supay. Leónidas, el Bravo, natural de Nando, sirviente de Alonso de Molina hizo viaje como combatiente con Pizarro hasta el Imperio Inca prehispánico, allá por el año 1515. Exploraba la selva noreste del Imperio cuando cayó enfermo víctima de la picadura de un insecto. Fue llevado a presencia de un sacerdote-brujo quien pronosticó que la única salvación del extranjero pasaba por peregrinar al Bosque Viejo. Fue abandonado por los suyos. En el bosque moraba un famoso clan de hechiceras, celosas de su independencia, que vivían en una gruta del peligroso lugar. Ningún hombre se atrevía a llevarlo hasta allí. Eran muchos los que habían acudido a buscar ayuda de las brujas y jamás habían regresado. Sin embargo, hubo una mujer dispuesta a correr el riesgo por el extranjero. Era la que le ayudó cuando sus compañeros lo abandonaron días atrás y que, por azar del destino, se había enamorado de él. El nombre de la mujer era Chaska (Estrella).


Cumplió con su promesa y entraron en el Bosque Viejo una mañana encapotada. Durante tres días anduvieron perdidos entre inmensos troncos y enredaderas. El tiempo se le acababa al enfermo, apenas andaba y la fiebre lo consumía. Se dejó caer al pie de un árbol tan robusto que cuatro hombres juntos no conseguirían abrazarlo. Sintió un pequeño pinchazo. Cuando su mano buscaba la zona de la picadura, se le quedaron todos los miembros del cuerpo flácidos y perdió el conocimiento. Chaska observó como un pequeño dardo sobresalía de su cuello, mientras tres mujeres mayores salieron de su escondite. La mujer llegó a la cueva maniatada. Le hicieron saber la decisión de las hechiceras: ayudarían a su amigo si ella accedía a servir a Supay. Chaska no lo dudó un momento y aceptó el ultimátum sin saber muy bien a que se exponía. El ritual se consumó. Supay aceptó a su nueva acolita y le donó la capacidad de curación que todas sus hermanas poseían. Fue ella, con los nuevos conocimientos adquiridos, quien curó a Leónidas del temible envenenamiento al que había estado expuesto. Su recuperación fue un proceso largo y tedioso que acrecentó en Chaska el amor hacia el extranjero. Fruto de ese intenso sentimiento, la muchacha buscó la intimidad con su amado y quedó en estado de gestación. Las hechiceras de Supay se felicitaron por ello, fruto de esa fusión se uniría a su clan un nuevo miembro. Nació una niña hermosa como la luna llena que la vio nacer, por ello le pusieron por nombre Quilla (Luna) en honor a la madre Luna. 

Quilla nació como auténtica servidora de Supay y por tanto con todos los dones de hechicería común a su clan. Se diferenciaba de sus hermanas en que no solo poseía el don de la curación sino también el de manipular la naturaleza y los animales a su antojo, pero no volaba como sus hermanas. Siendo niña y en pleno invierno, con dos palmos de nieve, florecían a su paso las flores cuando a ella le apetecía. Mientras vivió en la gruta no faltaron setas para comer en cualquier estación. Chaska, su madre, enfermó de gravedad cuando ella cumplió la mayoría de edad. Todo el clan sabía que Quilla deseaba abandonar la gruta tras la muerte de su madre, pero eso era imposible al ser una sirvienta de Supay. Nadie puede renunciar al dios. Fue Chaska, al final de su vida, la que pidió a Viracocha, con tanto ahínco, se le concediese ese don a su hija. El dios accedió y liberó los grilletes invisibles que ataban a Quilla. Supay enfureció, pero calló y esperó su momento. Chaska murió un anochecer ventoso de primavera, ese mismo amanecer Quilla se despidió de sus hermanas y abandonó la gruta donde había sido feliz tantos años. Al salir del Bosque Viejo sintió un vahído y perdió el conocimiento, cuando despertó estaba en Lima.


E
l Narrador de Nando la encontró en aquella población, un año después, mientras se documentaba para su siguiente novela. Él sabía de su singularidad (por algo es un narrador omnisciente). La embaucó con un enamoramiento ficticio y la raptó para que le sirviera en su mesón debido a sus habilidades de manipulación de la naturaleza. Ella vino engañada, pero también enamorada y así continua porque el Narrador de Nando ceba esa necesidad. Los habitantes de Nando modificaron su nombre por el de Quilia y le añadieron el apodo de ‘la Inca’ porque el mismo Señor de Nando así la presentó a sus conciudadanos.

Nadie labra las huertas del mesón, desde que los monjes abandonaron el edificio. Sin embargo, estas siguen dando los frutos que se les solicitan. Que Quilia necesita tres pimientos, una cebolla, un ajo, cuatro tomates para hacer la comida del día, pues, a primera hora de la mañana, acude al huerta y allí colgadas de sus respetivas matas tiene lo que necesita para el menú. No sé sabe muy bien si por las peculiaridades de ella o por la singularidad de Nando. Lo mismo ocurre en el gallinero, solo existe un gallo viejo y dos gallinas, pero si la cocinera necesita veinte huevos para elaborar sus distintos platos, las dos ponedoras habrán servido los veinte huevos. Que otro día necesita tres huevos, tres huevos que le servirán las astutas gallinas. El dueño de la casa Azul opina que es cosa de Quilia y sus portentosos dones, pero Ana, la Perla, cree que los monjes realizaron tanto esfuerzo en el huerto que éste sigue produciendo lo que cada día se le solicita.

La otra noche, el Señor de Nando vio hasta dónde llega su singularidad. Vino para embelesar a su amada. Esta bregaba en la cocina, mientras preparaba la cena de los comensales que esa noche se hospedaban en el hostal. La Inca reía las galanterías con que su amante la obsequiaba cuando le pidió que la acompañase al claustro, necesitaba algo de marisco y tres lubinas. La cocinera llegó hasta el pozo, largó la cubeta al fondo del mismo y al izarla traía danzarines los tres hermosos pescados solicitados. Volvió Quilia a lanzar la cubeta al fondo del pozo y al subirla con la ayuda del Narrador de Nando la cubeta rebosaba de mariscos de varias especies para acompañar las lubinas. ¡No se asombren! No hay nada peculiar en ello. Cuando la cocinera necesita pescado blanco o azul, pescado de mar o de río, o algún tipo de marisco, u otro cualquier animal de las aguas de este mundo, solo tiene que acudir al pozo, lanzar la cubeta a su fondo que al subirla los animales de agua vendrán coleando. Si son necesarios unos buenos pulpos de las aguas de Galicia, la cubeta izada los traerá. Si el día es de suculenta sopa de mar, pues buenos mariscos dan la panza del pozo del claustro. ¡Increíble, verdad! Esto sucede sin asomo de asombro, pero no por ello es menos cierto. Si no acudan a la casa Azul de Nando y lo comprobarán.



        No queda ahí la cosa. En la gran despensa situada al lado de la enorme cocina, existe una tinaja de aceite de oliva que, por más que la cocinera utilice, jamás se agota. También, adornan la despensa cuatro amplias orzas. La primera de ellas contiene chorizos fritos en aceite de oliva. La segunda, morcillas de cebolla y sangre también conservadas en aceite de oliva. La tercera está ocupada por carne y costillas de cerdo en adobo y la última orza contiene carnes de diferentes partes del cerdo en salmuera para protegerlo del paso del tiempo. Cuando estas piezas disminuyen, Quilia, la Inca, coge las llaves de la segunda planta y sube a las cámaras de la casa Azul donde siempre hay oreándose chorizos, morcilla, salchichones, jamones y otras delicias. Si estas merman, desaparecen varios cochinos de las pocilgas. Al día siguiente, en la segunda planta del edificio, sin matanzas de animales, ni preparación de los alimentos, cuelgan para airearse los embutidos y carnes que mermaron. Los cochinos se reproducen en la pocilga y vuelta a empezar. ¡Algún beneficio tenía que poseer el dueño de la casa Azul!  Aquí dejo por ahora a Quilia, la Inca, porque he de presentarles como se merece a Ivette, la Potra.

***

El sobrenombre o apodo le viene porque en otro tiempo fue prostituta en un puerto que no nombraré por ahora. Empotraba a todo aquel que se ponía a tiro y pagase sus servicios, que ella era puta, pero no boba.

Louis, su padre había sido un ingeniero francés que llegó a Costa de Marfil en mil novecientos setenta y dos para hacerse cargo de la Presa de Kossou. No llevaba tres meses en el país cuando dejó preñada a Idrissa, una bella costarricense natural del departamento de Béomi, en los poblados del lago cercano a la ciudad de Bodokro. Ivette nació un año después, pero su padre nunca se casó con su madre. Es cierto que se hizo cargo de la pequeña desde su nacimiento y mientras él vivió ni a ella ni a su madre les faltó nada.

Ivette tuvo una infancia feliz. Su padre, a menudo, se la llevaba con él a la gran ciudad para estar juntos. Le encantaba convivir con su padre, pero eso no evitaba que se entristeciese por su madre que se quedaba con su abuela y una hermana en la choza de la aldea. Idrissa y su hermana trabajaban en el lago, trajinando con pescado. No hubiesen subsistido sin la ayuda de Louis. Todos los meses aportaba la cantidad suficiente y mantenía no solo a su hija sino también a la madre e, incluso, a la anciana abuela.

Su padre se había casado, años después, con una mujer de su país llamada Sophie que le había dado dos hijos. Con el tiempo comprendió que la otra familia de su padre no la apreciaba en absoluto, menos aún la esposa.


Ivette cumplía veintitrés años, cuando su padre moría víctima de un accidente en la central eléctrica. Leído el testamento, acudieron Idrissa y ella a las puertas de la gran casa en Yamusukro y solicitaron a la viuda la herencia de su padre. Sophie abrió la puerta y les entregó un sobre que contenía el dinero estipulado en la herencia. Con acritud despiadada, advirtió a la muchacha que aquella casa le estaba vedada para el resto de su existencia y las echó de la vivienda. Madre e hija no se extrañaron de la actitud adoptada por Sophie, sabían que siempre las había considerado mujeres de segunda clase. 

Su abuela hacía tiempo que había muerto, para cuando su padre la dejó huérfana. Su tía y su madre fallecían ese mismo año de unas fiebres que asolaban, cada cierto tiempo, la región de los lagos. Ella también enfermó, pero su juventud la salvo de una muerte anunciada. Ivette era consciente que el dinero obtenido de su herencia no le duraría mucho tiempo, el hambre y la necesidad la alcanzarían más pronto que tarde. Tomó una drástica decisión. Se marcharía de aquel lugar de miseria e iría a Europa donde según decían había abundancia para todos. Eligió Francia, como país de destino, por el idioma que comprendía y hablaba a la perfección. Buscó la ayuda de un amigo de su padre que trató de subirla en un vuelo directo a París, pero no lo consiguió, Ivette era una indocumentada y el hombre exploró otra vía de escape. Esta vez fue un transportista de su confianza que en breve realizaría un viaje a Marruecos. Una vez allí, la muchacha debía valerse por sí misma y cruzar las aguas del estrecho hasta España y desde allí pasar a Francia. No era la mejor alternativa, pero era cuanto le podía ofrecer.

El viaje hasta Marruecos lo realizó sin dificultades. El Land Rover en el que viajaban ocho personas estaba en buen estado y los alimentos no escasearon en ningún momento. El hombre que los conducía, hacia la libertad soñada, era buena persona y llegó a su destino sin contratiempos. Ivette, entabló amistad con un matrimonio que había hecho el viaje con ella. Juntos se dispusieron a afrontar la terrible travesía al Viejo Continente, tierra de miel, según muchos. Los traficantes la despojaron del poco dinero que llevaba como pago de la travesía por el mar. Llevaba diez días esperando a que le avisasen para el viaje. La citaron en los muelles una noche para emprender el viaje. La engañaron. Cinco hombres la violaron, de forma continuada, esa misma noche y las noches siguientes. Dos días después la hicieron lavarse, de modo precipitado. El dolor, le acalambraba el bajo vientre y la sangre, rezumaba libre por sus piernas. Drogada desde el primer día que la llamaron, estaba como ausente y perdida en un mundo confuso donde solo percibía el dolor. La subieron en una barcaza destartalada sin ser ella consciente de dónde se encontraba. La mujer del matrimonio, con quien había trabado amistad, se levantó de su asiento y se hizo cargo de ella nada más verla en el estado en que se encontraba. El paso del estrecho fue horrible, una mar en calma apenas les permitía avanzar. El hambre afloró, el agua disminuyó con rapidez y la necesidad imperó.


Algunos caían al agua durante la noche, bien porque se dormían o bien porque, algún alma despechada, empujaba a los más débiles o enfermos por la borda. Si ella no calló al mar fue gracias al marido de la mujer que la protegía. Era un hombre alto, fuerte y musculoso al que todos temieron nada más verlo subir a la maltrecha embarcación. El hambre y la sed despejaron a Ivette y comprendió que viajaba hacia su liberación en una situación caótica. 

Corrió tras el matrimonio como una posesa, sin apenas fuerzas y dolorida, cuando el barco arribó a una playa. La noche era negra, tan oscura como el miedo. No sabían dónde se hallaban, perdidos de soledad, desamparados. Días después, las mujeres abrazadas, llorando esperanza, supieron que estaban en la costa de Almería. El matrimonio había alcanzado el lugar donde quería iniciar su nueva vida. Trabajarían en los tórridos invernaderos del Ejido. Ivette, ya sola, permaneció unos meses en el lugar. Ahorraba algo de dinero para continuar viaje al norte de España y, desde allí, atravesar los Pirineos. De nuevo, fue violada por dos compañeros de trabajo que, a partir de ese momento, no la dejaron en paz. Con el poco dinero que reunió, emprendió el viaje hasta Francia. Alcanzó París no sin nuevas peripecias y contrariedades que no detallaré por ser escabrosas y denigrantes.

Al fin, era libre. Se hallaba en el país de su padre, pero no conocía a nadie y no tenía dinero para subsistir. Después de dos meses de mendigar comida y llorar cada noche su desamparo, dio un paso importante en su vida: se convirtió en prostituta. En los alrededores del Sena, cerca del barrio de la Plaza de la Bastilla, cada atardecer exhibía su piel morena, que se azulaba bajo la luz de la luna, y jamás le faltaron clientes que cubrían sus necesidades.

Había sollozado hasta fundir su tormento en desesperanza porque muchas veces perdió. Pero también estaba orgullosa de sí misma, había ganado en dos ocasiones. La primera, cuando consiguió llegar a París. La segunda, algunos años después, cuando conoció al Narrador de Nando quien le ofreció un trabajo decente como doncella de un hostal. Ivette, en un principio, se rio de él y le dijo que no. Una semana después le suministraba un narcótico y la secuestraba, según ella. Según el Narrador de Nando, su chulo la ahogaba cuando él llegó a su casa. No hubo narcótico y menos secuestro, solo un vahído que le hizo desvanecerse en la negrura. Pero si era cierto que se la llevó de París. Despertó perpleja en Nando, vestida con un delantal y falda corta y una cofia en la cabeza. Según ella, nunca supo el contenido de la droga que le suministró, pero desde ese mismo día, y sin rechistar, hizo las labores de limpieza de la casa Azul y está dichosa de pertenecer al grupo de mujeres que gobiernan la hacienda.


Ivette, la Potra, mantiene que se siente muy feliz y que ese es su hogar: la casa Azul. Pasó de puta a sirvienta y asegura a quien quiera oírle que su familia la forman: un hombre maravilloso, el Narrador de Nando; un mentiroso extraordinario, yo, Pedro, el Ciego; un ama tierna y cariñosa, que para ella es como una madre, Ana, la Perla y una ninfa inestimable, Quilia, la Inca, la cocinera de la hacienda. 

Le maravilla la primera planta de la casa Azul de la que es dueña y señora. Los colores de las habitaciones le fascinan. Sostiene que sus ojos jamás vieron tales pigmentos en ningún otro lugar del mundo. Le encanta mi habitación. Es la que esta pintada de esperanza. Es cierto, cuando uno entra en la celda donde duermo todo está coloreado de esperanza desde las cortinas, pasando por las paredes, hasta las mesitas de noche y armario. La luz que me ilumina en la noche es la luz de la esperanza e incluso mi ropa tienen un halo pegadizo al color de la habitación. Para mí es un modo de encontrar el sosiego, también la necesidad de que mi anhelo se cumpla y abandone la casa Azul, algún día, liberándome de mi torturador. En el pasillo según se avanza hacia la izquierda está la habitación pintada del color del amor; a continuación, la habitación pintada del color del deseo; le siguen, la habitación coloreada de luna, de libertad, de aceptación, de transcendencia, de aventura, de autenticidad, de justicia, y muchas más. Sin embargo, a Ivette la que más le gusta es la habitación pintada de felicidad. Es en la que duerme todas las noches. Cuando está con algún cliente, que por su físico o intelecto le agrada, escoge la habitación coloreada de falsedad porque dice que eso que hace con ellos no es amor sino desenfreno y engaño. Aunque para ella es liberación de sus ansias y malos hábitos. Con su llegada a Nando, la fuerza telúrica del subsuelo, la obsequió con un gran don: si ejerce su profesión parisina, se puede desacoplar una o las dos piernas, como quien se extrae un anillo. Así se siente más holgada para el fornicio ¡Fruslerías por vivir en Nando!

La estancia que más le gusta limpiar es la bodega donde se guardan los viejos vinos y licores. Se ha aficionado a ellos y mientras limpia las muchas botellas, se trasiega alguna. Eso le hace ver cosas inesperadas como angelitos que vuelan de un lugar a otro, hipa, mientras se divierte con sus piruetas. Sueña con detectar en el sótano algún pasadizo o galería que le descubra algo insólito. Lo malo de todo esto es que no anda muy descaminada según el dueño de la casa.

Dejemos a Ivette, la Potra, de la que os podría contar muchas más anécdotas y curiosidades. De las limpiezas arbitrarias que hace por las distintas dependencias y alguna que otra cosa más. Pasemos a contar la historia de la mujer más altruista de la casa Azul, Ana, la Perla, matrona y alma mater de todos los que habitamos esta singular hacienda.

***

Ana, la Perla, vivió su infancia en Cantabria. Se afinco, en la comarca de Liébana y, en concreto, en la localidad de Potes. No siempre la llamaron así. A su nacimiento Henna, su madre, una emigrante del sur de Finlandia, muy cerca de la frontera con Rusia, en concreto, de la ciudad de Hamina, le puso el nombre de Neida.

Neida vivió en Hamina hasta los diez años, pero debido a ciertos problemas de carácter político de su madre, que era contraria a la doctrina de soberanía limitada de Leonid Brézhnev, tuvo que emigrar lejos de su país natal. Se estableció en España donde en esos momentos emergía una nueva democracia. Fijó su residencia en Potes y ejerció como partera que era su oficio.

Los primeros años, tanto para Neida como para su madre fueron difíciles. Henna porque asistía a pocos partos y siempre andaba realizando otros trabajos para llegar a final de mes y Neida porque los compañeros de la escuela no la aceptaban por no saber el idioma. La niña necesitó nueve meses para iniciar una comunicación fluida con las otras compañeras de su colegio y tardó dos años en hablar un español casi correcto. Mucho menos tiempo del que empleó su madre que apenas trabajaba como partera y cuando lo hacía era de la mano de un médico de Potes que se enamoró de ella. El problema residía en que él era casado. Se comportó como la amante discreta y fue, durante algún tiempo, diosa prohibida para los ojos de los demás.


Para cuando el escándalo emergió y ella liberó sus cadenas como una ninfa de luz, todo Potes se congratuló con ella. Él se asustó y se apartó de ella. Para entonces su habilidad como partera se había extendido por toda la comarca y ya jamás le faltaron alumbramientos que atender. Neida acompañaba de forma habitual a su madre a los nacimientos. Henna comenzó a llevarla a los partos recién cumplidos los trece años, justo después de tener su primera menstruación. Fue así como aprendió el oficio de su madre que a la postre sería su propio oficio después de estudiar enfermería y obstetricia en la Facultad de Enfermería de Navarra. 

Tenía treinta y cinco años cuando conoció a Carlos, encarnación de la locura. Un hombre divorciado con un pasado tumultuoso que supo ocultar a Ana (Neida) –para ese entonces ya había adaptado su nombre real al español–. Fue un tiempo dichoso para los enamorados que tras unos meses se fueron a vivir juntos. Ana comprendió muy pronto que se había equivocado. Carlos tenía un grave problema psicológico que le hacía entrar, cada vez con más asiduidad, en explosiones iracundas de carácter descontrolado. Terminaba por perder el dominio sobre sí mismo y no sabía lo que hacía mientras estaba en plena crisis. Llevaban dos años de relaciones cuando ella se planteó el divorcio. Estaba dispuesta a comunicarle su decisión cuando la sorprendió algo imprevisto: florecía su vientre. Aquello desbarató su inicial determinación. ¡Quizás un hijo desterrará los demonios de su esposo y calmase su delirio! Seguro que un hijo reconduciría la conducta de Carlos y volverían a ser felices. Se equivocó. Carlos era un enfermo patológico que rayaba la esquizofrenia.

Alcanzado el segundo mes de gestación sufrió una nueva agresión. Ana se replanteó el divorcio. Quería a aquel hombre con toda su alma, pero debía apartarse de él. Era un alma enferma en una mente de niño y una aberración incapaz de dominar sus celos y su enojo. Carlos prometió y prometió, la amaba y le rogó que no lo separase de su hijo. Tanto le lloró e imploró que Ana se avino a intentarlo otra vez. Se equivocó. A los cinco meses de gestación una paliza con rotura incluida de huesos le hizo decidirse definitivamente. Se apartó de su esposo por el bien de su hijo, y el suyo propio, ambos estaban en peligro.


Ana inició el protocolo de separación. Los siguientes dos meses fueron horribles. Cuando menos lo esperaba Carlos irrumpía en su nueva casa como el viento invade los resquicios de las ventanas. Pese al mandato de alejamiento del juez, cuando se le antojaba la asaltaba, en plena calle, como un bandolero a las antiguas diligencias, violentando su libertad hecha de sutiles esperanzas. Fue en esas fechas cuando conoció al Narrador de Nando que había ido a impartir unas charlas a la universidad. A Ana le cayó muy bien aquel hombre culto y entablaron una buena amistad. A él también le gustó ella. Pasaba por Navarra a menudo para estar unos días en su compañía. 

Llegó a oídos de Carlos esa amistad y la suspicacia le sobrepasó. Una noche, a punto de entrar en el octavo mes de gestación, asaltó la casa donde vivía su mujer para pedirle unas explicaciones innecesarias porque el divorcio casi concluía su curso. La rabia lo cegó y no atendió, pese a su abultado vientre, a nada más. Ofuscado por la ira y los celos, la bestia emergió voraz y comenzó a golpearla. Carlos la pateaba con furia. Ella cayó al suelo. Se hizo un ovillo. Sintió que algo se desligaba en su vientre. Supo, instintivamente, que su hijo se había roto como se rompe un jarrón de porcelana. Gritó, pero Carlos en su locura no la oía. Colérico, se sentó sobre ella, presionaba con fuerza la garganta de Ana.

Mientras se hundía en el abismo, vio como el Narrador de Nando golpeaba en pleno rostro a su agresor y conseguía que descabalgará de su cuerpo. Le sobrevino un vahído que la obligo a refugiarse en una negrura densa hasta perder el conocimiento. Cuando despertó estaba en Nando, en una casa grande llamada la casa Azul. Había perdido a su hijo y sus heridas tanto físicas como psicológicas le dolían como si un huracán la hubiese maltratado. Necesitó un mes de recuperación lenta y progresiva. Conoció a Quilia que la cuidaba con mimo y cariño. Le recordaba un poco la dulzura de su madre. Los meses sanaron sus heridas y sintió el cariño de todos los que la rodeaban y del mismo dueño de la casa. Decidió que aquel pueblo era tan bueno como otro cualquiera para ocultarse de la fiera en que se había convertido su marido.

El Narrador de Nando le propuso que se quedase en la casa y la gobernase en su nombre. Ana dudó. No conocía lo suficiente a aquel hombre, pero era evidente que la había ayudado. Finalmente aceptó y se convirtió en un nuevo miembro de pleno derecho de la casa Azul.

Ana aceptó y se quedó como ama y gobernanta de la casa Azul. A los pocos meses de afincarse, le nació un bulto en el lateral del pecho derecho. Al principio no le dio importancia, no le dolía. Al cabo de unas semanas aquello se alargó como si una raíz bajo la piel avanzase por su cuerpo. Ascendió hasta su hombro y después avanzó por su cuello como si una vena azulada le hubiese brotado del corazón. Floreció detrás de la hélice superior de su oreja derecha como un ramillete de flores del llamado jazmín del cielo.

Los demás interpretan que a Ana le gusta este tipo de flor y se coloca, tras su oreja derecha, un ramillete de ese jazmín. La mayoría de las veces lo elige blanco, aunque hay días que son azules y otros, granas. 

Ana no sabe porque, al poco de llegar a la casa Azul, le nació del pecho aquella sutileza. No obstante, si sabe una cosa: cuando las flores le amanecen rojas, le indica que alguna desgracia va a ocurrir en Nando. En cambio, si le florecen azules ese mismo día la llamarán para que asista en un parto donde nacerá un varón.

La primera vez que le amaneció granate, se extrañó. Ese día la llamaron para que atendiese un parto, la madre murió y la niña que trajo al mundo sobrevivió apenas dos días y falleció. La segunda vez que le ocurrió, hubo un terremoto en Nando. Privó de árboles el parque municipal que fue tragado por la tierra y dejó un inmenso cráter. Se tardó más de tres años en rellenarlo y eso que se descargaron, en aquel abismo, los escombros de todas las obras de los pueblos de alrededor. Pero la vez que más se asustó fue cuando el ramillete permaneció de un intenso grana dos días seguidos, sin que nada sucediese. Consideró, con acierto, que algo terrible iba a ocurrir y así fue. La mañana del tercer día que la flor mantenía su intensidad, María, la Sibila (1) desapareció, del ventanal que la guardó casi doscientos años, abrazada a su amor de senectud: Mariana, la Hortelana.

Así que Ana cuando la llaman para un parto y su jazmín se ha coloreado de rojo sabe que o la madre morirá o viene una niña al mundo. En ambos casos, no acude a atender a la parturienta. Ella es partera de vida y no carnicera de tránsito. No le gusta ser participe del nacimiento de una niña porque, según ella, incrementa el sufrimiento del género femenino. Ana considera que las mujeres sufren más que los hombres en este mundo. Solo atiende a su oficio, si las flores azulean porque es síntoma de que nacerá un vigoroso niño y no habrá problemas en el parto para la madre.

Ana solo asiste a partos masculinos. Por eso en Nando es a ella a la primera que buscan como partera. Existe otra singularidad por la que la requieren y le suplican que atienda en el parto. A los niños que ella extrae del canal de la vida, a los pocos días de su nacimiento, se les dibuja un tatuaje pequeño con forma de flor del celestino en uno de los omoplatos. Pasada la adolescencia ese tatuaje se difumina, progresivamente, hasta que desaparece de su espalda. Se sabe en Nando, que cuando ese muchacho engendré hijos, sus tres primeros descendientes serán varones.

 

 

        Ya me extendí demasiado, me detengo. Espero que me perdonen, amigos lectores. Le he contado la historia resumida de mis amigas de la Casa Azul con cierto recelo. En verdad, no sé qué hacemos aquí los cuatro, ni por qué nos trajo el Narrador de Nando a la casa Azul. Él no hila sin hilo y mi vejez me impide creer en la casualidad. Quise preguntar mi duda a María, la Sibila, pero la imposibilidad de salir de la casa y la delicadeza de la pregunta me obligó a callar y no revelar mi desasosiego. Me hizo recelar la llegada de Eloísa, la Sinhuesos. (2) Observé cierta sorpresa al interactuar con su amiga Ivette, que me hizo plantearme una hipótesis inverosímil de ser cierta. No puedo hablar a mis compañeras sobre ello, las dañaría de no ser auténtica. Solo el Narrador de Nando sabe la verdad, pero él se negó a hablarme del asunto y no me reveló nada. ¡Maldita alimaña! Nunca sabré la verdad, a menos que… ¿Qué opinan ustedes de todo lo que les he contado? ¿Quiénes creen que somos las cuatro personas que habitamos la Casa Azul? y ¿Por qué estamos aquí? Demasiadas preguntas y pocas respuestas.

Por favor, si algún día descubren algo, háganmelo saber. Escríbanme a Nando. Pongan en el sobre para Pedro, ‘el Ciego’ y debajo ‘la casa Azul’, les aseguro que me llegará la carta. La cartera es muy maja y resuelta. Por desgracia, también la secuestró el puñetero Narrador de Nando, pero eso es otra historia.

 

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(1) María, ‘la Sibila’, es el personaje central del relato ‘Despertar’. Englobado en los relatos del universo Nando como es este y obra de este mismo autor y que usted puede leer en este mismo blogs.

(2) Eloísa, ‘la Sinhuesos’ es el personaje central de relato ‘Sueños de la casa Azul’ (galardonado con el primer premio en el XXIII concurso de relato corto y poesía para personas mayores), perteneciente también al universo Nando, obra del mismo autor y que usted podrá leer en este mismo blogs en unos meses.


Final del relato


Juan E. Liébana Cazalla



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